La tentación no es un fatalismo, sino la prueba de nuestra libertad. El único poder que tiene el diablo cuando nos tienta es el que nosotros le damos
“…y no nos metas en tentación”. Para los oídos de personas occidentales del tercer milenio la palabra tentación en el Padrenuestro, tiene una connotación negativa. Nos hace ruido que esa expresión aparezca allí porque es dificultoso imaginarnos a Dios tratando de que sus hijos caigan en una trampa. La verdad es que en los tiempos bíblicos el término “tentación” se traducía más como “poner a prueba para demostrar fortaleza espiritual”, que como “tratar de seducir para el mal”; en principio porque Dios, en atención a su carácter, jamás haría eso. “…Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Santiago 1:13-14).
La Biblia es categórica cuando señala a Satanás como la fuente de la tentación; de hecho, “el tentador” es uno de sus nombres. De manera que la tentación es una situación que ocurre cuando Dios permite que el enemigo de nuestras almas nos invite a pecar. No puede ser de otra manera porque el hombre, al ser dueño de un libre albedrío tiene que decidir a cuál de los dos reinos se somete.
La tentación, no es, pues, un fatalismo, sino la prueba de nuestra libertad. Además, el hombre no está desarmado ante ella, Dios le ha dado herramientas naturales para vencerla: “Velad y orad para que no entréis en tentación”. El único poder que tiene el diablo cuando nos tienta es el que nosotros le damos, pues jamás nos podrá obligar a pecar; porque definitivamente, no tiene ese poder.




