
Dios no nos consuela para que simplemente nos sintamos mejor, sino para que nosotros mismos nos convirtamos en canales de consuelo para otros
En momentos donde la realidad parece desbordarse y el dolor toca nuestra puerta de manera inesperada, es natural que nuestro corazón se sienta quebrantado. La tragedia, por su naturaleza, no pide permiso; llega y nos cuestiona. Sin embargo, como creyentes, no estamos llamados a navegar estas aguas en soledad, ni a buscar consuelo en las soluciones temporales de este mundo.
La Biblia no nos promete una vida exenta de aflicciones, pero sí nos da la certeza inquebrantable de una presencia que sostiene. Jesús mismo fue claro al decir: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Ese “confiad” no es una invitación a ignorar el dolor, sino a colocar nuestra mirada en Aquel que ya triunfó sobre todo lo que hoy nos causa sufrimiento.
EL REFUGIO QUE NO FALLA
Cuando sentimos que el suelo bajo nuestros pies se mueve, el Salmista nos recuerda dónde reside nuestra seguridad: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” (Salmo 34:18). Dios no mira nuestra tragedia desde la distancia; Él se acerca. Su consuelo no es una teoría teológica, es una presencia viva que nos acompaña en el valle.
LA PROMESA DE UN NUEVO AMANECER
Es humano preguntar “¿por qué?”, pero la paz que sobrepasa todo entendimiento llega cuando cambiamos la pregunta por un “¿quién?”. Tenemos a un Dios que es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2ª Corintios 1:3). Él no nos consuela para que simplemente nos sintamos mejor, sino para que nosotros mismos nos convirtamos en canales de consuelo para otros, tal como lo vivimos en nuestra labor diaria con el Ministerio de Misericordia, Maná Celestial.
Hoy, si te encuentras atravesando un momento de oscuridad, recuerda que la tragedia no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el Dios que transforma nuestras cenizas en belleza y nuestro llanto en un testimonio de su fidelidad. No dejes que la desesperanza gane terreno; mantén tus manos abiertas y tus brazos extendidos, porque en el dar y en el recibir, incluso en medio del dolor, Dios sigue revelando su amor.
Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde hoy tu corazón y tus pensamientos en Cristo Jesús.
Carlos Vielma
Pastor


