
Desviarse del plan de Dios siempre es una posibilidad. Las ofertas atractivas y las promesas seductoras abundan, y descarrilar los vagones resulta, tristemente, más sencillo de lo que parece
El propósito de Dios para tu vida camina —metafóricamente hablando— sobre rieles diseñados desde la eternidad y con destino a la eternidad. Es una vía de una sola dirección. Sobre ella avanza una locomotora que representa la vida misma. Quien lidera ese trayecto no decide el destino, pero sí tiene la responsabilidad de administrar la velocidad: acelerar, mantener el paso, disminuir la marcha y, en ocasiones, detenerse para permitir que otras personas se incorporen en distintas estaciones. Cada una de ellas cumple un rol dentro de un proyecto que Dios ha diseñado con absoluta perfección.
Desviarse del plan de Dios siempre es una posibilidad. Las ofertas atractivas y las promesas seductoras abundan, y descarrilar los vagones resulta, tristemente, más sencillo de lo que parece. Basta con manipular de forma indebida los controles establecidos por la Palabra, ignorar los principios divinos y desobedecer la dirección marcada. El resultado es evidente: salirse del plan.
No obstante, existe un peligro todavía mayor, porque se presenta de manera sutil. Aparece en los desvíos del camino. Son pequeños movimientos que, aunque conservan cierta estabilidad exterior, sacan al líder de la ruta original trazada por Dios y alteran el propósito inicial sobre el cual debía edificar su liderazgo. Este es, quizá, el escenario más triste de todos, porque la falsa sensación de estar en el camino correcto alimenta la autoconfianza desmedida, y esta, tarde o temprano, degenera en soberbia.
Las Escrituras son contundentes al respecto. En Proverbios, en los Salmos y en muchos otros pasajes, la soberbia es presentada como algo abominable delante de Dios. El Nuevo Testamento no sólo confirma esta verdad, sino que la profundiza desde una perspectiva de liderazgo espiritual. Santiago lo expresa con palabras directas y sin matices: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6). La imagen es poderosa: Dios no sólo desaprueba la soberbia; se opone activamente a ella.
Imagina por un momento la escena. Usando tus propias estrategias, creyendo tener el control, desviaste el rumbo del propósito de Dios para tu vida. Ahora imagina al Creador de todo lo que existe resistiendo, con todo su poder, gloria y autoridad, los planes que has decidido seguir. Cuando el poder personal se divorcia de la verdad, se transforma en un instrumento de injusticia. Y cuando la verdad comienza a percibirse como una amenaza, el corazón ya ha elegido caminar en tinieblas.
En ese punto, si el liderazgo no es confrontado por la verdad, degenera en tiranía. Y la religión, cuando se acomoda al poder, pierde la compasión. Entonces el líder deja de reflejar a Cristo y pasa a ser impulsado por pasiones desviadas y agendas personales.
Pero existe un camino de regreso. Cuando decides volver al riel correcto y cultivar un corazón limpio, alineado con la voluntad de Dios, se desarrolla una integridad profunda que se expresa en lealtad, justicia y amor al prójimo. Desde allí es posible guiar a otros con sabiduría, modelar a Jesús mediante acciones y decisiones coherentes, y ejercer un liderazgo de alto impacto verdaderamente transformador, guiado por el Espíritu Santo que habita en nosotros.
Líder, si percibes que Dios se está oponiendo a tus planes, es posible que la soberbia esté amplificando el eco de una ruta que tú mismo elegiste. Toma el próximo desvío y regresa. Aún estás a tiempo.
Nota: Este artículo fue escrito sin inteligencia artificial.
Juan Carlos Calderón
Presidente Escuela de Liderazgo de Alto Impacto (ELAI)
@jccalderonn


