
Nosotros queremos certeza antes de obedecer. Dios, en cambio, normalmente nos pregunta primero si creemos. La fe precede a la evidencia. La confianza antecede al resultado
La mayoría de las decisiones que evitamos tienen algo en común: la búsqueda de seguridad. Cuando no contamos con una certeza absoluta sobre el resultado, tendemos a retroceder esperando el momento perfecto, una garantía que elimine todo riesgo. Sin embargo, la vida rara vez ofrece ese nivel de certidumbre.
Pedro experimentó una situación semejante. Mientras observaba de cerca el sufrimiento de Jesús en las horas previas a su crucifixión, el temor se apoderó de él. Era un miedo profundamente humano: el instinto de protegerse ante una amenaza real. En medio de esa presión, negó conocer a su Maestro y declaró: «No conozco al hombre» (Mateo 26:72. Reina-Valera 1960).
Aquellas palabras marcaron su vida para siempre. Fue una decisión impulsada por el temor, una reacción nacida del deseo de sobrevivir a la circunstancia que enfrentaba. Después vino el dolor, la culpa y el llanto amargo. Según la tradición cristiana, su quebranto fue tan profundo que nunca olvidó aquel momento. Todo parecía haber terminado. Pedro regresó a lo conocido, volvió a las redes y a la vida de pescador que había dejado atrás años antes.
Sin embargo, lo que para Pedro representaba un fracaso definitivo, para Dios era el escenario perfecto para manifestar Su gracia. Aquella caída se convirtió en una oportunidad extraordinaria para escribir una nueva historia de amor, perdón y restauración. Dios no ignoró la debilidad de Pedro; la transformó en el punto de partida de su propósito. Ese hombre que negó a Jesús terminó convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la iglesia del primer siglo.
Muchas veces el problema no es que decidamos mal por miedo. En ocasiones simplemente esperamos. Y esperar no es necesariamente algo negativo. Lo importante es examinar la razón detrás de esa espera. Cuando identificamos por qué queremos retrasar una decisión, también descubrimos qué estamos intentando proteger.
¿Qué ocurre cuando tenemos total certeza de los resultados? Realmente, pocas veces sucede. Cuando todo está garantizado, no hay desafío, no hay crecimiento y tampoco existe ese estiramiento de fe que fortalece el liderazgo. Las consecuencias se vuelven previsibles y la dependencia de Dios disminuye.
La certeza casi siempre llega después del primer paso, no antes. Nadie puede predecir el futuro con absoluta precisión. Podemos analizar evidencias, estudiar variables y considerar probabilidades, pero existe un punto en el que debemos avanzar aun sin sentirnos completamente preparados. Y es precisamente allí donde Dios suele obrar con mayor claridad.
Nosotros queremos certeza antes de obedecer. Dios, en cambio, normalmente nos pregunta primero si creemos. La fe precede a la evidencia. La confianza antecede al resultado.
Líder, detente por un momento y reflexiona: ¿en qué crees realmente? ¿De qué te estás escondiendo? ¿Qué estás intentando proteger? Cuando identificas la raíz de tus temores, puedes responder con obediencia a la siguiente instrucción de Dios, confiando en que, aunque no entiendas todo el proceso, Él sigue teniendo el control del resultado.
Este artículo no fue escrito con inteligencia artificial.
Juan Carlos Calderón
Presidente Escuela de Liderazgo de Alto Impacto (ELAI)
@jccalderonn


