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El Valle de los Huesos Secos y el clamor de una nación

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Venezuela, tanto por dentro como por fuera, ha experimentado su propio desierto; un desgaste que ha secado las fuerzas de muchos / Imagen generada por IA

Lo que la nación necesita no es un simple reordenamiento de los huesos económicos o políticos; necesita que el Soplo de Dios (Rúaj) sople sobre lo que el desánimo, la profunda división y el cansancio extremo han secado

Hay pasajes bíblicos que uno lee como poesía hasta que la vida, con su dureza, los transforma en testimonio. El profeta Ezequiel fue conducido en el espíritu hacia un valle que parecía una pesadilla: un escenario de huesos secos, esparcidos, despojados de nombre y de historia. En medio de aquel desierto de muerte, Dios le hizo una pregunta que no buscaba información, sino fe: «¿Vivirán estos huesos?» (Ezequiel 37:3). El profeta, con una sabiduría nacida de la humildad, no respondió con lógica humana ni con optimismo vacío; se refugió en la soberanía divina: «Señor Jehová, tú lo sabes».
Ese valle no era una simple metáfora; era el retrato exacto de una nación que había perdido el aliento: «Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos» (Ezequiel 37:11). Así rugía el dolor de Israel en el exilio, despojado de su tierra, de su templo y de su identidad.

VENEZUELA: ENTRE EL EXILIO Y LA APARIENCIA

Esa misma voz, quebrada por el peso de los años, es la que hoy resuena en el alma de millones de venezolanos. Se escucha en el suspiro del que se quedó, sobreviviendo al desmantelamiento institucional, a la escasez, a la separación familiar y al desgaste emocional de un país que parece congelado en una crisis perenne. Pero también palpita en el llanto silencioso de quienes caminan por el mundo en un exilio forzado; profesionales, jóvenes y ancianos que, lejos de su hogar, sienten el frío de la distancia y el dolor de haber dejado atrás sus raíces. Venezuela, tanto por dentro como por fuera, ha experimentado su propio desierto; un desgaste que ha secado las fuerzas de muchos.
Sin embargo, el relato de Ezequiel no se detiene en el diagnóstico de la ruina. Dios le ordena al profeta algo humanamente absurdo: profetizarle a lo que ya no parece tener remedio. Al pronunciarse la Palabra, ocurre un fenómeno impactante: hay ruido, un temblor, los huesos se juntan, se cubren de tendones y les crece carne. Pero el texto sagrado advierte un detalle crucial: «pero no había en ellos espíritu».
Aquí radica la clave que muchos hoy pasan por alto: una reconstrucción sin el Espíritu es sólo una hermosa apariencia. Puede haber estructura, puede haber un barniz de normalidad, y, aun así, el cuerpo puede seguir muerto por dentro.
Venezuela ha vivido intentos de reconstrucción así. En los últimos años, hemos presenciado fachadas de prosperidad, burbujas económicas y una narrativa de “normalización” que intenta maquillar la realidad. Pero la reactivación de unos cuantos comercios o el brillo de unas luces no pueden sanar un tejido social roto, ni la desconfianza crónica, ni el trauma de una sociedad herida.
Lo que la nación necesita no es un simple reordenamiento de los huesos económicos o políticos; necesita que el Soplo de Dios (Rúaj) sople sobre lo que el desánimo, la profunda división y el cansancio extremo han secado. Esta es una obra de resurrección moral y espiritual que ningún gobierno puede decretar por ley, y que ninguna crisis geopolítica puede impedir, porque no depende de los hombres, sino del Altísimo.

EL DESAFÍO DE LA OBEDIENCIA

Si hoy usted mira su propia vida, su hogar, o contempla el mapa de Venezuela y siente que la resignación le ha ganado la partida a la fe, recuerde esto: Ezequiel tampoco vio la vida primero. Él vio primero el llamado a la obediencia. El profeta tuvo que levantar su voz y profetizarle a la muerte antes de ver el más mínimo rastro de movimiento. A veces, Dios nos pide declarar fe y esperanza sobre el caos mucho antes de mostrarnos el milagro.
«Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis» (Ezequiel 37: 5).
Venezuela va a levantarse. No como un pueblo mendicante ni como un ejército improvisado y herido, sino como el diseño que el profeta describe al cierre de su visión: «un ejército grande en extremo» (Ezequiel 37:10). Una iglesia y una ciudadanía vivas, restauradas desde el alma, capaces de reconstruir sobre bases de justicia, verdad y amor. Eso no lo logrará la astucia humana; eso sólo lo puede lograr el Espíritu del Dios Viviente.
Dios te Bendiga.
Tu hermano y amigo.

José “Cheo” Lobatón
Pastor y maestro

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