
Una vida en Cristo logrará la sanación que mi experiencia transgénero no logró. La obra de Jesús en la cruz ha salvado mi vida
«Ya está hecho».
Las primeras palabras de la enfermera al despertarme de la operación me llegaron en medio de un agradable aturdimiento. Un nuevo capítulo de mi vida comenzaba en una cama de hospital. Tras años de terapia psicológica, tratamientos hormonales y trámites legales, sentí que mi nuevo yo por fin había alcanzado la plenitud.
Me sentía tan bien que quería educar al mundo sobre la experiencia transgénero y animar a otras personas a completar sus travesías.
Sabía que el mundo me apoyaría: mis padres y otras personas de mi entorno habían expresado abiertamente su apoyo a mi plan desde que salí del clóset en 2015, a los 33 años, y les expliqué mis experiencias con la disforia de género. (La «disforia de género» describe experiencias de identidad de género en las que la percepción psicológica y emocional que una persona tiene de sí misma como mujer, por ejemplo, no coincide ni se alinea con su sexo de nacimiento como hombre, o viceversa).
En la nota que les envié a mis padres, les expliqué que estaba convencido de que estaba haciendo algo que mejoraría mi vida y me aportaría un gozo infinito. Les dije que quería convertirme en activista para apoyar a otras personas que esperaban vivir experiencias de transición similares.
Con ese fin, estudié identidades alternativas para apoyar mejor a la comunidad. Tenía planes de trabajar con personas de forma individual para compartir mi historia de superación. Quería animarlas a abandonar las identidades falsas que les habían sido asignadas al nacer y a encontrar la paz y la plenitud que proviene de la transición de género. Daba por sentado que trabajaría con adultos que llevaban mucho tiempo sufriendo los tormentos de la disforia.
Sí apoyé a algunos adultos. Pero cuando me pidieron que hablara de temas transgénero con adolescentes, me sentí consternado. Me parecían demasiado jóvenes e inexpertos como para tomar las decisiones que yo tomé sobre hormonas y cirugías. Por primera vez, cuestioné la filosofía trans.
No sólo eso, sino que la transición fue dolorosa —tanto emocional como físicamente—, a pesar de la sensación de plenitud que me produjo dejar atrás mi identidad como Jonathan para convertirme en Andrea. En cada momento de sinceridad, sentía decepción.
TRATANDO DE SER MUJER FÍSICA Y ESPIRITUALMENTE
Mi decepción se debía principalmente a unas expectativas no cumplidas. Esperaba convertirme en mujer. Pero había diferencias entre las experiencias de una mujer y las mías. Seguía lamentándome por mis características masculinas, que eran imposibles de ocultar o «superar».
Antes de darme cuenta y aceptarlo por completo, me emocionaba mantener todas las apariencias de mi género preferido porque creía que realmente iba a experimentar una nueva realidad. Me cambié oficialmente el nombre, tenía una «F» en mi licencia de conducir y características físicas que podrían haberse identificado como femeninas, aun cuando mi transición no fuera perfecta.
Mi deseo de salvar la brecha entre mí mismo como mujer «trans» (que nació varón) y una mujer «cis» (que nació mujer) me llevó a realizar experimentos religiosos. Al principio, rechacé a Dios. Creía que no existía un mundo sobrenatural; dependía solo de mí resolver mi tristeza y mi incomodidad, porque no había ningún poder transformador en el universo que pudiera ayudarme. Estaba firmemente convencido de que Dios no existía.
Con el tiempo, hice amigos de diversos contextos sociales y espirituales. A través de las conversaciones con ellos y de las diferentes experiencias espirituales que me hicieron conocer, revisé mi visión sobre los temas espirituales.
Debido a mi persistente insatisfacción con mi cuerpo, recurrí a soluciones orientales para encontrar consuelo en la posibilidad de reencarnarme en la personalidad que siempre había imaginado para mí mismo. Traté de meditar, pero lo único que podía hacer era pensar en mí mismo. Quería una transformación. Sentía que ese era el propósito fundamental de mi experiencia como místico en ciernes.
Más tarde, cambié mi enfoque del Lejano Oriente al Cercano Oriente y a Occidente, explorando varias religiones que me resultaban más familiares. Aunque no comprendía del todo todas las disciplinas espirituales, seguía creyendo que podía aprovecharlas para alcanzar mi objetivo final: la verdadera feminidad.
Tomé clases. Aprendí oraciones. Leí libros. Canté canciones. Creía que estaría en el camino correcto si no caía presa del daño que parecía emanar de las doctrinas del cristianismo, la fe predominante y la religión que más temía.
“LA RELIGIÓN QUE MÁS TEMÍA”
El cristianismo es el blanco de las críticas modernas. Para mí era opresivo: demasiado limitante y crítico. Me esforcé por resistirlo a toda costa, creyendo que los «fanáticos de la Biblia» eran los que se oponían más agresivamente a mi identidad como Andrea, incluso más que los desconocidos que gritaban comentarios crueles en las calles.
Pero entonces fui transformado.
Todo empezó cuando una amiga me regaló una versión en cuaderno del evangelio de Mateo como mi introducción al Nuevo Testamento. Eso me abrió los ojos a la sabiduría, la bondad y la inmensa importancia de Jesús. Mi amiga me animó a acompañarla a la iglesia Trinity Bible Church en Phoenix, aunque yo estaba muy temeroso. Su apoyo significó mucho para mí, y ella me mostró un modelo de evangelización que era amable, informativo y alentador.
Mi relación con la comunidad de la iglesia en general comenzó con un almuerzo sencillo, amable y sin presiones con el pastor Malachi y uno de mis compañeros de la congregación de Trinity. Me ayudaron a comprender el evangelio y la importancia de Jesús para mi vida.
A partir de ahí, la amiga que me presentó la iglesia me regaló el libro de Dane Ortlund, Manso y humilde, que resultó tan instructivo y conmovedor que consolidó mi decisión de acercarme al cristianismo. Además, despertó en mí un deseo insaciable de seguir leyendo, desde sencillos resúmenes del evangelio hasta las obras de John Bunyan y los tratados de teología sistemática.
Mientras leía sobre el corazón bondadoso de Jesús, me di cuenta de que yo ya tenía Su amor. Me conmoví hasta las lágrimas y prácticamente temblaba de emoción. No podía creer el regalo que se me había dado. Sentí una oleada de felicidad y energía que me llevó a salir a caminar. Reflexioné con gozo sobre mi camino espiritual con Jesús y el significado de Su gracia para alguien como yo, que siempre temía que me consideraran indigno de un regalo tan precioso.
Aunque siempre intentaba forjarme una vida diferente, lo que realmente necesitaba era renacer como cristiano. Solo pasaron unas semanas antes de que dejara de llevar vestidos a la iglesia —donde siempre me recibían con los brazos abiertos— y Andrea volvió a ser Jon.
Por fin había encontrado la verdad, algo que siempre había intentado evitar a toda costa mientras luchaba por establecer mi identidad como mujer. Esta verdad no solo me trajo consuelo, sino también un celo por difundir la Palabra: una pasión por ayudar a las personas a evitar el dolor que yo sufrí.
El entendimiento más sanador es que nuestro Dios amoroso es real y quiere que tenga contentamiento con la forma en que Él me creó
UNA “METAMORFOSIS QUE ACLARA EL MUNDO”
Convertirse en cristiano significa mucho más que simplemente asistir a la iglesia, a la escuela dominical y a comidas compartidas (¡aunque ya me han invitado a muchas fiestas fantásticas!). Significa que mis pecados han sido perdonados a través de la muerte de Cristo en la cruz. Es una metamorfosis que aclara el mundo. Es una filosofía, un código moral y una fuente de conocimiento edificante, gran literatura y los amigos más amables del mundo. Es reconfortante. La oración me mantiene conectado con la santa Trinidad y me da fuerza y gozo. Es la verdad.
El cristianismo no merece las críticas que recibe de quienes se sienten alejados del pensamiento religioso dominante. Las personas más bondadosas que he conocido eran cristianos que me aceptaban y me amaban tal como era, aunque no estuvieran de acuerdo con mis decisiones. Todos luchamos contra el pecado, y mi pecado puede ser perdonado tan plenamente como el de cualquier otra persona. Los creyentes me liberaron del juicio que yo mismo me había impuesto.
Aunque aceptar la realidad resultó difícil, el camino fortaleció aún más mi determinación cuando finalmente logré la verdadera transformación espiritual que siempre había anhelado.
REALIDAD Y ARREPENTIMIENTO
El entendimiento más sanador es que nuestro Dios amoroso es real y quiere que tenga contentamiento con la forma en que Él me creó. He visto el poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo transformarme y traerme un gozo que nunca habría experimentado, sin importar cuántas cirugías tenga que soportar. Nunca más me alejaré de mi Señor y Salvador.
Mi intento de transición obstaculizó mi crecimiento social, profesional y espiritual. Pero mi mayor arrepentimiento es que intentaba difundir la ideología de mis cambios físicos en lugar del precioso don de la salvación del Señor. Siento una gran culpa por haber animado a mis amigos a continuar con sus experiencias transgénero, y temo que ellos también lleguen a arrepentirse de sus decisiones.
También me preocupan los niños que forman parte de mi vida, que vieron que alguien puede hacer una transición de género con aparente felicidad. Es posible que no tengan la capacidad de comprender la verdad: que, aunque yo quería experimentar una nueva realidad o un yo ideal, existen barreras físicas, mentales, emocionales y genéticas que nunca podrán superarse. A pesar de todos los esfuerzos por demostrar lo contrario, mi verdadera identidad siempre estuvo ahí. Ninguna «F» en mis documentos de identidad ni ningún nombre que me hubiera puesto a mí mismo podrían hacer desaparecer mi yo pasado (o futuro).
ALIVIO Y SANACIÓN
Ahora que ya no soy una mujer trans, me he liberado de una decepción aplastante. El alivio de recuperar mi identidad como Jonathan y dar marcha atrás en los esfuerzos por convertirme en una persona diferente fue estimulante, tanto emocional como físicamente.
También me siento aliviado porque las personas a las que pensé que podría haber decepcionado al alejarme de mi identidad transgénero —como mis padres— me apoyan.
Ahora quiero ser activista en apoyo de los «detransicionados», las personas que vuelven a su sexo de nacimiento. Quiero advertir a la gente sobre el dolor y la decepción que experimenté. Quiero ayudarles a aceptar el valor y la belleza que poseen de forma natural.
Aunque he abandonado parte de la travesía de mi vida, una vida en Cristo logrará la sanación que mi experiencia transgénero no logró. La obra de Jesús en la cruz ha salvado mi vida, me ha alejado de mi dolor y me ha provisto la transformación necesaria para compartir mi testimonio con el mundo.
Ya está hecho.
www.coalicionporelevangelio.org
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Jonathan Gass
Doctor en Derecho


