Hacer lo bueno

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El asunto no es de discernimiento, sino de voluntad. No dejemos de demostrarle al mundo que en Cristo sí es posible

Sobre una pequeña ventana en la pared de la construcción que aloja a los orangutanes se lee este cartel: “El animal más peligroso del mundo”. Cuando el visitante trata de mirar a través de la ventana, ve su propia imagen reflejada en un espejo. Al mismo tiempo puede leer este comentario: “Está usted contemplando al animal más peligroso del mundo. Sólo él, entre todos los animales que han existido, puede exterminar, y lo ha hecho ya, especies enteras de animales. Ahora ha adquirido el poder de borrar todo signo de vida sobre el planeta”.
Una parte de este escrito no es verdad, pues Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Pero la otra es cierta: El hombre posee una capacidad destructiva impresionante y sí, ha hecho cosas muy bellas que podrían disculparlo, pero lo claroscuro de su vida lo culpa delante del Juez Supremo por su incapacidad de permanecer en el bien y porque la sentencia bíblica es que “al que sabe hacer lo bueno y no lo hace le es pecado”, y el pecado trae destrucción, ruina y muerte.
Amigos, llevamos la grandeza y la miseria por dentro y, aunque sabemos que sólo Cristo es la verdadera solución para tan pertinaz conflicto, aceptamos que sigue siendo trabajoso permanecer en el lado correcto. El asunto no es de discernimiento, sino de voluntad. No dejemos de demostrarle al mundo que en Cristo sí es posible. ¡Adelante!

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