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Hay algo que muchos creyentes descubren demasiado tarde

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La fuerza del barco no está en la tormenta que enfrenta, sino en el ancla que lo sostiene. Y nuestra ancla no es una emoción. No es una circunstancia favorable. No es nuestra propia fuerza. Nuestra ancla es Cristo / Imagen generada por IA

Muchas veces le pedimos a Dios que quite la tormenta, pero Dios está más interesado en que la tormenta no se lleve nuestra confianza

La fe no fue dada para los días tranquilos; fue dada para los días de tormenta.
El ancla de un barco no tiene utilidad cuando el mar está en calma. Nadie piensa en ella mientras el cielo está despejado y el viento sopla suavemente. Pero cuando llegan las olas gigantes, cuando la oscuridad cubre el horizonte y el barco parece perder el control, entonces el ancla revela su verdadero valor.
Así también ocurre con nuestra fe.
Muchas veces le pedimos a Dios que quite la tormenta, pero Dios está más interesado en que la tormenta no se lleve nuestra confianza. Porque hay pruebas que no llegan para destruirnos, sino para mostrarnos que estamos sostenidos por algo más fuerte que las circunstancias.
Observa la cadena de la imagen:
Cada eslabón soporta una enorme tensión.
El viento golpea.
Las olas azotan.
Todo parece moverse violentamente. 

Sin embargo, el barco no desaparece en el horizonte porque hay algo invisible debajo de las aguas que lo mantiene firme.
De la misma manera, hay momentos en que no vemos la mano de Dios, no entendemos sus caminos y no encontramos respuestas inmediatas. Pero aunque nuestros ojos no puedan verlo, nuestra vida sigue sostenida por la fidelidad de Aquel que prometió no abandonarnos.
Quizá hoy tu tormenta sea una enfermedad, una preocupación familiar, una carga ministerial, una oración que parece no recibir respuesta o una batalla que se ha prolongado demasiado.
Recuerda esto: la fuerza del barco no está en la tormenta que enfrenta, sino en el ancla que lo sostiene.
Y nuestra ancla no es una emoción. No es una circunstancia favorable. No es nuestra propia fuerza.
Nuestra ancla es Cristo.
Por eso el escritor de Hebreos dijo: “La cual tenemos como segura y firme ancla del alma” (Hebreos 6:19).
No temas si el mar está agitado. No temas si el viento arrecia. No temas si la noche parece larga.
Mientras Cristo siga siendo tu ancla, podrás:
Ser sacudido, pero no arrastrado.
Probado, pero no destruido.
Herido, pero no abandonado.
La tormenta pasará.

Y cuando el cielo vuelva a despejarse, descubrirás que no fue tu fuerza la que te sostuvo… fue la fidelidad de Dios. 

Carlos Morán
Profeta

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