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Juicios a los falsos profetas: una palabra para Venezuela

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Demasiadas veces hemos visto esto en nuestra tierra: el nombre de Dios invocado para justificar el silencio, la complicidad o el apoyo abierto a la tiranía / Imagen referencial generada por IA

Dios no es ciego ante la corrupción ni es sordo ante el abuso de poder; tampoco le son indiferentes los mercaderes de la fe que adormecen al pueblo con promesas vacías. Su justicia tiene un día y una hora señalados

Hay palabras en las Escrituras que parecen haber sido escritas ayer, aunque lleven milenios de antigüedad. El capítulo 23 de Jeremías es una de ellas. Al leerlo hoy, es imposible que el corazón no se estremezca al contemplar cómo el Israel de aquel tiempo se refleja de forma tan exacta en la Venezuela que nos duele y vivimos hoy.
El profeta confiesa que su corazón está destrozado por causa de los falsos profetas; que sus huesos tiemblan y se tambalea como un hombre ebrio. Esa es la reacción orgánica y espiritual de un verdadero hombre de Dios frente a quienes mercadean con el nombre del Señor para adormecer la conciencia del pueblo. Es, precisamente, el mismo dolor que muchos sentimos al ver a hombres que se titulan pastores, que ocupan púlpitos y dominan micrófonos, levantando su voz para pronunciar bendición sobre la injusticia, silencio cómplice sobre la opresión, y paz donde sólo hay angustia.
Jeremías declara que la tierra está llena de adulterio y bajo maldición; que el suelo llora y que los gobernantes abusan del poder que ostentan. No hace falta mayor exégesis para ver nuestra propia realidad reflejada en ese espejo. Vivimos en una nación donde el poder se ha transformado en un instrumento de opresión, donde la verdad es sistemáticamente distorsionada y donde aquellos que debían defender al pueblo, lo han entregado al desamparo.
Sin embargo, lo más desgarrador del pasaje no es el juicio contra los tiranos, sino contra los profetas y sacerdotes que, teniendo el llamado sagrado de hablar en nombre del Altísimo, prefirieron susurrar lo que el poder de turno quería escuchar. Dice el Señor que estos profetas insisten en asegurar un futuro de paz a quienes desprecian su palabra, y repiten a los que persisten en su maldad que nada malo les sucederá.
Esta es, lamentablemente, la radiografía de una parte del liderazgo espiritual venezolano. Hombres que, en lugar de clamar por justicia en las plazas, prefirieron el favor de los palacios. Cambiaron el manto profético por la comodidad política y le vendieron falsas promesas a un pueblo que sufre, con el único fin de no perder sus privilegios en la mesa de los poderosos.
Por eso, la pregunta del Señor resuena hoy con fuerza devastadora: quién de ellos ha estado realmente en mi presencia para escuchar lo que de verdad digo. Llevar un título pastoral o llenar un templo no basta si el corazón está desconectado del dolor del pueblo. El verdadero profeta no busca la comodidad del aplauso; busca la voluntad de Dios, aunque esto signifique confrontar al sistema, tal como lo hizo Elías frente a Acab, o el mismo Jeremías frente a los reyes de Judá.
El Señor advierte que su indignación estallará como una tormenta sobre la cabeza de los impíos y que no cesará hasta cumplir los diseños de su corazón. Esto, lejos de ser sólo una advertencia, es una palabra de profunda esperanza para quienes claman justicia en medio de la noche venezolana. Dios no es ciego ante la corrupción ni es sordo ante el abuso de poder; tampoco le son indiferentes los mercaderes de la fe que adormecen al pueblo con promesas vacías. Su justicia tiene un día y una hora señalados en el calendario de la eternidad.
No podemos ignorar la advertencia final: Dios castigará con severidad a quienes usan su Santo Nombre para legitimar sus propias agendas, torciendo la Escritura para avalar sus intereses personales. Demasiadas veces hemos visto esto en nuestra tierra: el nombre de Dios invocado para justificar el silencio, la complicidad o el apoyo abierto a la tiranía.
Pero, así como en los días de Jeremías hubo un remanente fiel, hoy también se levantan pastores, líderes y creyentes que se niegan a callar. Hombres y mujeres que no han doblado sus rodillas ante el miedo ni ante el soborno de la comodidad, y que siguen clamando por Venezuela desde la verdad divina. A ese remanente pertenece la promesa: la paja será separada del trigo. La Palabra de Dios sigue siendo fuego que quema y martillo que desmenuza la roca de la mentira, sin importar cuánto tiempo tome.
Que el Señor levante en Venezuela voces proféticas genuinas; hombres y mujeres que primero busquen su presencia en el secreto antes de hablar en público; que amen más la verdad que el confort, y que se atrevan a anunciar, no una paz cosmética y falsa, sino la esperanza gloriosa que nace únicamente de la justicia de Dios.
Dios te bendiga.
Tu hermano y amigo.

José Cheo Lobatón
Pastor y maestro

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