El viejo Cadillac le había llevado y traído por unos cuantos años. ¡Ah, cuánto tenía que agradecerle a aquel matusalén por tantos servicios! Nunca olvidaba acariciarle con gratitud cada vez que le hacía mantenimiento. “La vida del carro es como la nuestra” ―decía con frecuencia― “si no la mantienes se detiene”. Pero los nuevos compromisos vinieron con nuevos intereses que alejaron aquellas consuetudinarias caricias. Y un día se cumplió su predicción, pues, su viejo matusalén, en una emergencia, no arrancó.
Hay un cercano paralelismo entre esta historia y Salmos 119:9: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”. Sólo que debemos conservar la diferencia entre mantener y reparar. Lo primero siempre es periódico y obviarlo, implicaría el daño de aquello que necesitará reparación. Curiosamente hay personas que nunca hacen mantenimiento y cuando sus cosas comienzan a dañarse, una tras otra, sospechan de una brujería o reprenden al diablo.
Algunas versiones traducen “limpiará su camino” como “mantener puro”, “llevar una vida limpia”, “llevar una vida íntegra” acentuando el mantener sobre el reparar. Este énfasis lo respalda el autor con una vida de luchas por mantenerse íntegro (v.61), evitando el ciclo de caer-levantarse o ensuciarse-limpiarse. Hay quienes sí viven esta intermitencia. ¿Quién madura realmente reeditando sus errores? Nada parecido al armiño que, en su etapa de piel blanca, prefiere morir antes que ensuciarla. El principio es general, pero va dirigido al joven.
Lope De Vega escribió, “En los campos de la vida no hay más que una primavera”, y si es así, asegúrate entonces que sea la estación más aleccionadora, la que te ayude a vivir las otras. Y recuerda que la clave es: “con guardar su palabra”.



