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Pagando el precio en oración

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Nadie se acerca a Dios para quedar igual. Esas transformaciones no siempre se ven en corto plazo / Pinterest

Es difícil gozar de una experiencia plena con Dios en oración si no aprendemos que a veces para experimentarlas hay que conquistarlas

Nos gusta la idea de “entrar en el lugar santísimo” mientras oramos. Los testimonios acerca de hermosos momentos de éxtasis espiritual que han salido de labios de los hombres y mujeres de oración ¡son fascinantes! Pero jamás los disfrutaremos sin pagar el precio.
El mundo espiritual es complejo y activo; tiene sus leyes. Es difícil gozar de una experiencia plena con Dios en oración si no aprendemos que a veces para experimentarlas hay que conquistarlas. Un antiguo principio latino de Vegecio lo enseñaba: “Si quieres paz, prepárate para la guerra”.
Una frase muy evangélica es aquella de que “la oración cambia las cosas”. Es curioso cómo podemos manejar paradigmas salidos de nuestra cultura religiosa. Hablamos de la oración que “cambia” como si fuera un detergente que “sirve para todo”. Casi creemos que la oración es un producto mágico. Hay que tener presente que el primer “cambio” que se debe producir cuando oramos es aquel que nos afecta primero a nosotros.
Si venimos a la presencia de Dios en oración, ya eso nos cambia. Nadie se acerca a Dios para quedar igual. Esas transformaciones no siempre se ven en corto plazo. Todo aquel que se atreva a acercarse a Dios nunca será el mismo, porque eso es un principio del Reino de Dios: “Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Santiago 4:8).

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Néstor Alejandro Blanco
Pastor, teólogo, docente, locutor, escritor, autor de los libros Una Cita en el Altar, Lluvia Sobre la Hierba y Radiografías del Alma, además de numerosas publicaciones para la prensa cristiana, así como de material de crecimiento espiritual para la iglesia. Nacido en Caracas, Venezuela, actualmente reside en Santo Domingo, República Dominicana. Está casado con Rafaela Flores y es padre de dos hijos, Néstor Rafael y Néstor Alejandro.

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