El orgullo no deja ver la verdad. Estamos atrapados dentro de los muros de nuestras propias vidas de pecado y malas decisiones
Jeremías 38:20, “…Oye ahora la voz del Señor que yo te hablo, y te irá bien y vivirás”.
El ser humano por naturaleza es orgulloso y eso le ha acarreado muchos problemas con sus semejantes y principalmente con su Creador.
Por orgullo el hombre se ha apartado de Dios y le ha dado la espalda a su Hacedor.
Cuenta el Sr. Tim Gustafson en la siguiente anécdota que: “en 1951, el médico de José Stalin le aconsejó que redujera su carga laboral para preservar su salud. El gobernador de la Unión Soviética acusó al médico de ser espía y lo hizo arrestar. El tirano que había oprimido a tantos con mentiras no podía aceptar la verdad. Igualmente, la verdad triunfó. Stalin murió en 1953”.
La Palabra de Dios dice: “Y Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
El orgullo no deja ver la verdad. Así igualmente pasó en el caso del rey Sedequías cuando el profeta Jeremías, arrestado y encadenado por sus terribles profecías (Jeremías 38:1-6; 40:1), le dijo al rey de Judá exactamente lo que le sucedería a Jerusalén. Le habló de parte del Señor y anunció que, si no se rendía al ejército que rodeaba la ciudad, todo empeoraría. «Sacarán, pues, todas tus mujeres y tus hijos a los caldeos», advirtió, «y tú no escaparás de sus manos» (v. 23).
Sedequías no quiso acatar esa verdad. Al tiempo, los babilonios capturaron al rey, mataron a sus hijos y quemaron la ciudad (cap. 39).
Esto suele ocurrir a muchas personas orgullosas que por no tomar el consejo se meten en tremendos líos.
En cierto sentido, todo ser humano enfrenta el mismo dilema que Sedequías. Estamos atrapados dentro de los muros de nuestras propias vidas de pecado y malas decisiones. A menudo, empeoramos las cosas al evitar a aquellos que nos dicen la verdad. Lo único que necesitamos hacer es rendirnos a la voluntad de Aquel que dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).
Oremos así:
Dios compasivo, perdóname por el orgullo que me aleja de ti.
Que tengas un excelente y bendecido día.



