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¿Por qué los evangélicos terminan idolatrando sus líderes políticos?

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Jamás ponemos nuestra confianza en nuestros líderes políticos, y cuando vemos que estipulan leyes y contravienen los decretos del Dios eterno, sea en sus personas o sus decretos, valientemente lo denunciamos ante todos / Freepik

La Iglesia no está gobernada por políticos y jefes de Estado: la Iglesia está gobernada por Cristo y Sus ministros. Y es deber de estos ministros llamar a cuentas a las autoridades reinantes de este mundo

La veneración de políticos en la que caen tantos evangélicos es de repudiar, venga de derecha, o venga de izquierda. Usar la Fe Cristiana para hacer de políticos personas incriticables, mesías políticos que “salvarán la nación”, no solamente es abaratar el Evangelio de Jesucristo, peor, es prostituirlo.

  1. Estamos llamados a orar por nuestros gobernantes: 1ª Timoteo 2.
  2. Estamos llamados a sujetarnos a la ley civil: Romanos 13.
  3. Estamos llamados a respetar las autoridades seculares: 1ª Pedro 2:17.

Pero, en ningún lugar de la Escritura se nos llama a confiar en nuestros líderes políticos. De hecho, se nos dice lo contrario:
“No confiéis en gobernantes, ni en hijo de hombre en quien no hay salvación” (Salmos 146:3), y, “Maldito el hombre que en el hombre confía, y hace de la carne su fortaleza, del Señor se aparta su corazón” (Jeremías 17:5)
La esencia del ministerio profético de los hombres de Dios bajo el Antiguo Pacto era el de condenar públicamente la corrupción de las autoridades que gobernaban y fijar la confianza del pueblo en el Señor y no en sus gobernantes: y por ello, la gran mayoría, se convertían en “enemigos del Estado”, perseguidos por las autoridades reinantes.
¿Cambió esta regla profética bajo la Nueva Alianza en Jesucristo? ¡Jamás! Por el contrario, se extendió a todo el mundo:
Juan el Bautista condenó a Herodes por adúltero, Jesús llamó a los líderes del pueblo judío serpientes y a Herodes zorro, Pedro y los apóstoles desafiaron el Sanedrín diciendo, “Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29), y Esteban los desafió públicamente llamándonos traidores y asesinos de los profetas y de Jesucristo el Justo (Hechos 7:52). Y donde quiera que llegaban los cristianos en cualquier parte del mundo, se decía de ellos, “he aquí los que trastornan todo el mundo” (Hechos 17:6).
Ahora bien, los cristianos no somos rebeldes, anárquicos ni revolucionarios; buscamos la paz y el bien de todos, sometiéndonos a las leyes establecidas y esforzándonos en ser los mejores ciudadanos en las naciones en que la providencia nos tiene.
Pero jamás ponemos nuestra confianza en nuestros líderes políticos, y cuando vemos que estipulan leyes y contravienen los decretos del Dios eterno, sea en sus personas o sus decretos, valientemente lo denunciamos ante todos. ¿Por qué? ¿Porque deseamos su mal y la ruina de las naciones? ¡Jamás! Por el contrario, porque amamos a todos los hombres y queremos que todas las naciones del mundo vengan bajo los pies de Cristo, la Simiente de Abraham en quienes somos bendecidos (Gálatas 3:9).
Así que, termino con la pregunta del inicio: ¿Por qué los evangélicos terminan idolatrando sus líderes políticos? Creo que parte de la respuesta está en un mal que hay que corregir: Antes de la Reforma Protestante, la cabeza visible de la Iglesia era considerada el Obispo de Roma, el Papa. Pero después, ¿a quién consideraban los protestantes la cabeza visible de las iglesias establecidas en sus diversas naciones? A los jefes de Estado, un regreso al Cesaropapismo.
La Iglesia no está gobernada por políticos y jefes de Estado: la Iglesia está gobernada por Cristo y Sus ministros. Y es deber de estos ministros, si es que realmente han sido ordenados por Cristo y no se han autonombrado, llamar a cuentas a las autoridades reinantes de este mundo, recordándoles que deben “besar al Hijo” (Salmo 2) y gobernar con justicia si quieren ver el bien de Dios. De otro modo, lo único que les espera a ellos y la gente que gobiernan, es la justa ira de Dios que “se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18).
Sólo falsos ministros, falsos apóstoles y falsos profetas, “comen a la mesa de Jezabel” (1 Reyes 18:19); es decir, por pan y poder, no se atreven a condenar la maldad de sus gobernantes.

Bernabé Urgilés

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