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Reflexión pastoral sobre los terremotos en Venezuela y las voces que hablan en Su nombre

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Venezuela no le pertenece al desastre ni a la condenación. Su destino final está sellado por el amor de su Creador. Venezuela es de Cristo. Y punto / Imagen referencial generada por IA

Afirmar que este desastre es un juicio divino anula el valor absoluto de la Cruz. Si Dios sigue castigando colectivamente los pecados que ya fueron cargados por Su Hijo en el Calvario (Isaías 53:5), entonces el sacrificio de Cristo carecería de valor

Cuando una tragedia sacude los cimientos de un pueblo, la vulnerabilidad humana queda al descubierto. En ese instante de caos, dos tipos de voces se levantan casi de inmediato: las que lloran y las que explican.
Lamentablemente, en esta era de redes sociales, algoritmos y viralidad, las que más ruido hacen son las que “explican”. Aquellas que se apresuran a declarar que saben exactamente por qué ocurrió la catástrofe, que aseguran que “ya lo veían venir” y que afirman, con alarmante ligereza, que Dios les habló a ellos primero.
Hermanos, seamos claros: eso no es profecía. Eso es ego vestido con lenguaje espiritual. Es instrumentalizar el dolor ajeno para validar un ministerio propio. El apóstol Pablo nos recuerda en 1ª Corintios 13:2 que si tenemos el don de profecía y entendemos todos los misterios, pero no tenemos amor, nada somos. Profetizar sin misericordia es sólo ruido.

EL PELIGRO DE LA TEOLOGÍA DE SILOÉ

Jesús mismo enfrentó esta persistente tentación humana de convertir la desgracia del prójimo en una lección moral sobre el pecado ajeno. En Lucas 13:1-5, cuando le hablaron de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con sus sacrificios, y de los dieciocho inocentes aplastados por la caída de la torre de Siloé, la respuesta de Cristo no fue convalidar el juicio acusador de la multitud. Él preguntó: “¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”.
Jesús no buscó exonerar el pecado, sino redirigir la mirada del acusador: en lugar de señalar con el dedo al que cayó bajo los escombros, examina la condición de tu propio corazón.
Entonces, ante la tragedia actual, cabe hacernos la pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Fue el terremoto de Venezuela un juicio divino sobre los participantes de una fiesta pagana? La lógica más elemental y la realidad de los hechos desmienten esa afirmación implacable:
Los que celebraban y banqueteaban en esa fiesta están vivos. Los que fallecieron estaban resguardados en la intimidad de sus hogares. Entre las víctimas hay niños de apenas meses de nacidos.
Con el corazón arrugado, conocimos el caso de una madre que se negaba a salir de las ruinas porque sus gemelos recién nacidos habían perecido allí. ¿Qué pecado estaban pagando esos bebés? Ninguno.
Sostener lo contrario es desconocer el carácter de Dios y la verdad bíblica. No hay una dispensación de juicio fragmentado o caótico en este momento. La Escritura es sumamente precisa al describir la hora del juicio final; ocurrirá, como dice Apocalipsis 20:11-12, delante del Gran Trono Blanco, donde grandes y pequeños comparecerán ante el Creador cuando los libros sean abiertos. Eso es el juicio de Dios; un terremoto en este tiempo no lo es.

UN PLANETA HERIDO QUE GIME POR REDENCIÓN

Vivimos en un planeta fracturado, y esa herida, en un sentido geológico y espiritual, es consecuencia de la caída del ser humano. Como bien escribió el apóstol Pablo en Romanos 8:22: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora”. La Tierra tiembla, se agrieta y se desborda no por un ataque selectivo, sino porque es un diseño que sufre el desgaste del pecado estructural de la humanidad y espera ser redimido.
Cualquier nación del mundo puede ser alcanzada por un fenómeno natural. El mismo Jesucristo lo advirtió al hablar en Mateo 24:7-8 sobre los dolores de parto de la historia: “…y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores”. No los catalogó como castigos quirúrgicos para ciertos códigos postales, sino como señales generales de un mundo que aguarda la consumación de los tiempos.
Que Venezuela haya sido el epicentro del dolor esta vez no la convierte, bajo ninguna circunstancia, en la nación más pecadora del continente. ¿Acaso existe un solo país sobre la faz de la Tierra que esté libre de idolatría, injusticia o corrupción? Si Dios operara bajo esa lógica de retribución inmediata en esta dispensación de la gracia, ninguna nación del planeta quedaría en pie, porque “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Además, afirmar que este desastre es un juicio divino anula el valor absoluto de la Cruz. Si Dios sigue castigando colectivamente los pecados que ya fueron cargados por Su Hijo en el Calvario (Isaías 53:5), entonces el sacrificio de Cristo carecería de valor. Pero la Palabra se sostiene firme en la verdad de la gracia: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

El mensaje del cielo para Venezuela hoy no es de condenación. Es un mensaje de gracia, de consuelo y de profunda misericordia

UN LLAMADO A LA CORDURA PASTORAL

Por eso, amada iglesia, tengan profundo cuidado con los “profetas del desastre” que hoy exhiben sus supuestas revelaciones previas como si fueran trofeos de su agudeza espiritual. Mucha cautela con cualquiera que utilice el luto de un pueblo para ganar interacciones, seguidores y likes. El profeta Jeremías ya advertía contra esto en Jeremías 23:16: “No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová”.
Esa actitud dista mucho del corazón de Dios. El corazón del Padre frente al dolor del pueblo venezolano no es el de un juez implacable que busca destrucción, sino el de un Salvador que, como dice el Salmo 34:18, “cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu”. El mensaje del cielo para Venezuela hoy no es de condenación. Es un mensaje de gracia, de consuelo y de profunda misericordia. Es la mano extendida del Señor que, como profetizó Isaías, no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humeare (Isaías 42:3).

Hoy nos unimos en un solo clamor:
Declaramos favor, gracia y la gloria manifiesta de Dios sobre el suelo venezolano. Oramos por el consuelo divino sobre cada familia que hoy llora una ausencia, sobre cada niño que ha quedado huérfano y sobre cada madre que busca esperanza entre los escombros, sabiendo que Él es el “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2ª Corintios 1:3). Pedimos al Señor que traiga silencio y temor reverente a aquellas voces que se atreven a hablar en Su nombre sin haber pasado primero por la intimidad de Su presencia y la llenura de Su compasión.
Venezuela no le pertenece al desastre ni a la condenación. Su destino final está sellado por el amor de su Creador.
Venezuela es de Cristo. Y punto.
Dios te Bendiga.
Tu hermano y amigo.

José Cheo Lobatón
Pastor y maestro

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