Las Escrituras no presentan el sufrimiento como el final de la historia. En cambio, nos señalan hacia algo superior: una vida de fe que perdura a pesar del sufrimiento
(Pieter Vermeulen – International Christian Concern).-
A lo largo de esta serie [“Perseguidos, pero no abandonados”], hemos visto surgir un patrón en las páginas de las Escrituras.
Desde Abel, cuya sangre clamó desde la tierra, hasta los profetas que fueron rechazados por su propio pueblo; desde el misterioso sufrimiento de Job hasta el siervo sufriente de Isaías; y desde la cruz de Cristo hasta la persecución de la iglesia primitiva, encontramos la misma verdad recurrente.
La fidelidad a Dios en un mundo quebrantado a menudo tiene un precio. Sin embargo, las Escrituras no presentan el sufrimiento como el final de la historia. En cambio, nos señalan hacia algo superior: una vida de fe que perdura a pesar del sufrimiento. Esta verdad se expresa con mayor fuerza en la carta a los Hebreos.
RECORDANDO A LOS PRIMEROS CREYENTES
El autor de Hebreos se dirigía a una comunidad de creyentes que comenzaban a sentirse agotados por la presión. Ya habían sufrido hostilidad a causa de su fe. Algunos habían sido insultados públicamente. Otros habían sido encarcelados. Muchos habían perdido sus bienes y su seguridad por haber elegido seguir a Cristo.
El escritor les recuerda su valentía anterior: «Recuerden aquellos días después de haber recibido la luz, cuando soportaron una gran lucha llena de sufrimiento» (Hebreos 10:32). Estos creyentes ya habían demostrado una fidelidad admirable. Estuvieron al lado de los creyentes encarcelados. Aceptaron la confiscación de sus bienes. ¿Por qué? Porque creían que algo mejor les esperaba. El escritor explica: «Ustedes sabían que tenían posesiones mejores y duraderas» (Hebreos 10:34). Su esperanza no estaba anclada en la seguridad temporal de este mundo, sino en las promesas de Dios.
FE QUE PERSEVERA
La carta continúa con uno de los capítulos más famosos de la Biblia: Hebreos 11. Conocido a menudo como el «Salón de la Fe», este capítulo narra las vidas de hombres y mujeres que confiaron en Dios a lo largo de las generaciones. Pero Hebreos hace algo inesperado. Muchos lectores se centran en las dramáticas victorias descritas en el capítulo:
- Reinos conquistados
- Los leones tienen la boca cerrada
- Ejércitos derrotados
- Milagros realizados
Sin embargo, el capítulo no termina con un triunfo. En cambio, el autor centra su atención en otro grupo de fieles creyentes. «Otros fueron torturados… negándose a ser liberados para obtener una resurrección aún mejor» (Hebreos 11:35).
La lista continúa:
- Algunos sufrieron burlas y azotes.
- Otros fueron encadenados y encarcelados.
- Algunos fueron apedreados
- Otros fueron cortados en dos.
- Algunos fueron asesinados a espada.
Estos creyentes no experimentaron la victoria terrenal. Experimentaron el sufrimiento. Y, sin embargo, el autor los honra con el mismo respeto que a los héroes del triunfo milagroso. ¿Por qué? Porque la fidelidad no se mide por los resultados, sino por la confianza en Dios.
UNA DECLARACIÓN IMPACTANTE
Tras describir a estos fieles que sufrieron, el autor de Hebreos hace una de las afirmaciones más extraordinarias de toda la Escritura. Dice de ellos: «El mundo no era digno de ellos» (Hebreos 11:38). El mundo los rechazó. El mundo los persiguió. El mundo los consideró débiles, insensatos o peligrosos. Pero a los ojos de Dios, estos creyentes poseían una dignidad que el mundo no podía comprender. Sus vidas daban testimonio de una realidad más profunda: que la fe en Dios vale más que la comodidad, la seguridad e incluso la vida misma.
LA GRAN NUBE DE TESTIGOS
El autor se dirige entonces directamente a los lectores con una poderosa imagen: «Por tanto, ya que estamos rodeados de una tan grande nube de testigos…» (Hebreos 12:1). Esta imagen no es meramente poética. Representa a generaciones de creyentes fieles cuyas vidas dan testimonio de la grandeza de Dios. Son testigos no porque nos observen desde el cielo, sino porque sus vidas dan testimonio de lo que significa confiar en Dios en medio de las dificultades.
Sus historias dan testimonio de que la fe puede resistir el sufrimiento. Sus vidas proclaman la fidelidad de Dios incluso cuando el camino de la obediencia se torna difícil. Permanecen como testimonio a través de los siglos. Y su testimonio continúa.
FIJANDO NUESTRA MIRADA EN JESÚS
Sin embargo, el autor de Hebreos no deja que nos centremos únicamente en estos hombres y mujeres fieles. Dirige nuestra atención a Aquel que ocupa el centro de toda la historia. Escribe: «Pongamos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2). Jesús mismo recorrió el camino del sufrimiento.
El autor nos recuerda: «Por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza» (Hebreos 12:2). Cristo soportó la cruz no porque el sufrimiento fuera en vano, sino porque la redención se encontraba al otro lado. Soportó el rechazo, la humillación y la muerte para que se cumplieran los propósitos de Dios. Y debido a que Él soportó la cruz, los creyentes ahora están llamados a seguirlo con la misma perseverancia.
LA HISTORIA CONTINÚA
El mensaje de Hebreos nos recuerda que la historia del testimonio fiel no terminó con las páginas del Nuevo Testamento. La nube de testigos no desapareció tras los apóstoles. A lo largo de los siglos siguientes, hombres y mujeres continuaron tomando su cruz y siguiendo a Cristo.
Algunos se presentaron ante emperadores y se negaron a negar su nombre. Otros proclamaron el evangelio en tierras donde hacerlo significaba una muerte segura. Otros más soportaron en silencio el encarcelamiento, el exilio o el rechazo porque su lealtad a Jesús era inquebrantable. Sus vidas se convirtieron en parte de la misma gran historia de fe. Se unieron a la multitud de testigos. Y su testimonio sigue resonando a través de la historia.
LA CUESTIÓN QUE SE PLANTEA ANTE LA IGLESIA
La carta a los Hebreos no presenta estas historias simplemente como hechos históricos, sino como un desafío. El autor exhorta a los creyentes a dejar de lado todo lo que les estorba y a correr la carrera que tienen por delante con perseverancia.
La cuestión no es si han existido creyentes fieles, sino si nos uniremos a ellos. ¿Estamos dispuestos a correr la carrera con perseverancia? ¿Estamos preparados para seguir a Cristo incluso cuando la obediencia tenga un alto precio?
¿DISPUESTO A PAGAR EL PRECIO?
La multitud de testigos se extiende a lo largo de los siglos. Abel. Los profetas. Los apóstoles. Los primeros mártires. Creyentes que sufrieron persecución en cada generación. Sus vidas siguen hablando. Su testimonio sigue interpelando a la iglesia hoy. Nos recuerdan que la fe no se mide por la comodidad, la popularidad ni el éxito visible.
La fe se mide por la perseverancia. Y su testimonio nos confronta con la misma pregunta que resuena a lo largo de esta serie: Si la sangre de los fieles aún clama…
¿Estamos escuchando?
Porque el camino del discipulado nunca ha cambiado. Sigue siendo el camino de la cruz.
Pieter Vermeulen
Directivo de la CPI, como parte de la serie “Perseguidos, pero no abandonados”.



