“Entended, oh simples, discreción; y vosotros, necios, entrad en cordura” (Proverbios 8:5).
Todo maestro sabe que hay niveles en la enseñanza y que hay que enfocarse en ellos a fin de que los discípulos avancen. El Señor los contempló cuando dijo: “Aun tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 6:12). Pero quien aprende es aquel que reconoce que le hace falta el saber para madurar, crecer y dar las respuestas que le demanda la vida.
Nuestro proverbio apunta a dos tipos de personas a quienes se les demanda cambios de actitud: al joven ingenuo, sin experiencia y saber; y al necio o tonto que no le gusta pensar. Al “simple” o inexperto se le demanda comprensión. Y al necio o tonto se le pide “cordura”. Dos versiones aclaran un poco este punto. Una traduce: “¡Aprendan a juzgar, ustedes que no saben; y sean más reflexivos, ustedes que no piensan!” (Biblia Latinoamericana). La otra señala: “Ustedes los inexpertos, ¡adquieran prudencia! Ustedes los necios, ¡obtengan discernimiento!” (NVI). Como vemos no es una enseñanza para párvulos, sino para jóvenes que pueden y deben elegir lo mejor.
El “simple” es una persona crédula y fácil de engañar; “moralmente obstinado e irresponsable” (Kidner) y su condición puede empeorar si no cambia (Proverbios 14:18). Por su parte el “necio” es quien no quiere pensar, le divierte vivir en su locura, en su necedad. Es inmoral, petulante y pendenciero. Su condición la demuestra desde que abre la boca; y su problema es espiritual, pues no teme a Dios (Salmo 14:1). A los tales, Dios les da la oportunidad de cambiar si deciden entender y pensar respectivamente.
Pero, ¿qué de nosotros? No somos simples ni necios, pero sí a veces. Que Dios nos ayude a reconocerlo cuando suceda. ¿Estás de acuerdo?



