Tener una vida de oración no es tarea fácil. La verdadera vida de un creyente se desarrolla fuera de los predios de la iglesia
No tener una vida devocional de oración es un riesgo para cualquier discípulo de Jesús. Si preguntáramos a un grupo de creyentes si saben orar, responderían: ¡Por supuesto que sabemos, todos los cristianos saben orar! Pero si nos sentamos con calma a examinar las distintas experiencias de oración de cada uno, descubriríamos dudas e indefiniciones.
Hay muchos que lo que conocen como oración es una plegaria aprendida en el hogar o en la iglesia, para asegurar la cobertura de Dios en asuntos tan domésticos como salir de casa, “bendecir” la comida o encomendarse antes de un viaje. Otro grupo representará a quienes hacen oraciones de emergencia sólo cuando tienen una necesidad. y, finalmente aparecerá algún miembro de esa especie “rara” de cristianos que se destacan por tener respeto por una vida devocional de oración.
En el Sermón del Monte, el Señor nos enseña que “pedir, buscar y llamar” está muy lejos de esa rutina esclerosada que hoy nosotros en la iglesia tenemos el atrevimiento de llamar oración. Tener una vida de oración no es tarea fácil. La verdadera vida de un creyente se desarrolla fuera de los predios de la iglesia. Debemos entender muy bien cuáles son los peligros a que nos enfrentamos cuando no desarrollamos una verdadera vida de oración. “Y levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar solitario y allí oraba”. Así era vida de oración de Jesús.



