
Él rebasa todo límite y está más allá de ellos. Es un misterio que atrae y da temor, diferente de todo lo conocido y de todo lo desconocido
(La santidad de Dios (2)
Decíamos en el artículo pasado que la santidad está íntimamente asociada con Dios, de tal forma que se afirma tantas veces y de tantas maneras respecto de Él a lo largo de toda la Biblia, que no se trata solo de que Dios es santo, sino que la Biblia declara en varias oportunidades que Su Nombre es Santo.
En un conocido y emblemático episodio bíblico el profeta Isaías tiene una visión del Dios santo recogida en el capítulo 6 del libro que lleva su nombre. Allí leemos: “El año de la muerte del rey Uzías vi al Señor sentado en un trono alto y excelso; las orlas de su manto llenaban el Templo. Por encima de él había serafines, cada uno de los cuales tenía seis alas: con dos de ellas se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y se decían el uno al otro: Santo, santo, santo es el Señor de los Ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:1-3).
La reacción de Isaías ante la presencia del Dios santo es de temor superlativo. Un temor producido por su propia indignidad que contrasta ante la grandeza y majestad divinas. Un temor en el que siente su propia vida amenazada por la mera presencia de Dios. Un temor que la fenomenología designa como “temor numinoso”, es decir, temor ante lo santo o lo sagrado.
Reacción que nos recuerda también la de Manoa, el padre de Sansón, cuando se dio cuenta que estaba en la presencia del Ángel del Señor, a quien las Escrituras describen como Dios mismo: “Y el ángel del Señor no se volvió a aparecer a Manoa y a su esposa. Entonces Manoa se dio cuenta de que aquel era el ángel del Señor. ꟷ¡Estamos condenados a morir! ꟷdijo a su esposaꟷ. ¡Hemos visto a Dios!” (Jueces 13:21-22).
Es, pues, debido a Su santidad que Dios le declara a Moisés: “Pero debo aclararte que no podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida” (Éxodo 33:20).
Precisamente, Rudolf Otto, en su obra clásica Lo santo. Lo racional e irracional en la idea de Dios que se ha convertido también en un referente para la fenomenología de la religión, caracterizó a Dios como el “Misterio” por excelencia, así, con mayúscula. Pero no cualquier misterio, sino el “Misterio tremendo y fascinante” al mismo tiempo, es decir que atrae poderosamente, más que cualquier cosa de este mundo, como la zarza ardiente atrajo a Moisés en el desierto: “así que pensó: ¡Qué increíble! Voy a ver por qué no se consume la zarza.” (Éxodo 3:3) casi del mismo modo irresistible en que una polilla se siente atraída por la luz.
Pero al mismo tiempo, amenaza e intimida en grado superlativo, como también Moisés lo experimentó al acercarse y ser advertido sobre quitarse las sandalias debido a que estaba pisando tierra santa: “… Al oír esto, Moisés se cubrió el rostro, pues tuvo miedo de mirar a Dios” (Éxodo 3:6). O como lo dijo Sproul en relación con su propio encuentro con Dios: “A partir de este momento no podía haber retorno… Estaba solo con Dios. Un Dios santo. Un Dios digno de reverencia. Un Dios que podía llenarme de terror en un segundo y de paz en el próximo”.
Pero el rasgo que mejor define la santidad de Dios no son sus aspectos de pureza, rectitud, justicia y perfección moral absolutas, como se entiende popularmente, aunque estos aspectos estén incluidos y se den, por supuesto, por sentados cuando pensamos en la santidad. Pero no son lo principal de ella.
Ni siquiera lo es su omnipotencia. Todos estos son, en realidad, atributos secundarios y derivados de la santidad, pero no constituyen su esencia. William Dembski contrastaba la omnipotencia y la santidad de Dios diciendo tajantemente: “Un Dios que trasciende el universo tiene que ser más que un artista de efectos especiales”. Es decir que un Dios santo tiene que ser más que un Dios omnipotente.
Lo que hace, pues, de Dios algo (o Alguien) único, no es ni siquiera el hecho de que sea Todopoderoso, sino el hecho de que sea santo, es decir absolutamente Trascendente, tal vez el primero de los atributos que la teología asigna a Dios y que forma parte de su misma esencia. Ahora bien, trascendencia, como lo dice Sproul, es un término pomposo, pero no hay otro al que podamos recurrir para caracterizar y tratar de explicar y comprender la santidad de Dios.
La trascendencia que Dios ostenta es ese atributo divino que indica que Él rebasa todos los límites y se encuentra más allá de ellos. La trascendencia significa que Dios es diferente de su creación y no puede igualarse a ella puesto que está más allá de ella y no puede ser abarcado por ella, sino que es Él quien la abarca y la trasciende, la excede, la contiene y la supera al punto de que se encuentra por encima de toda posible clasificación y comparación con nada de este mundo.
Todo lo que podamos decir de Él será siempre insuficiente y no le hará nunca completa justicia. Rudolf Otto lo expresó diciendo que Dios es “El Totalmente Otro” y Karl Barth popularizó la expresión designándolo como “El Absolutamente Otro”.
De hecho, uno de los aspectos en que Dios es único, o “total y absolutamente Otro” al punto que no hay nada en este mundo con lo que lo podamos compararlo es su condición de Creador. Eso lo coloca siempre, de entrada y de manera solitaria, en una categoría aparte al de todas sus criaturas en el universo. Eso lo hace inclasificable. Él es el único Creador, todos los demás seres del universo somos criaturas, por excelsas o poderosas que podamos llegar a ser, como en el caso de los ángeles.
Nosotros podemos ser creativos y fabricar cosas ingeniosas y hasta deslumbrantes, pero no somos creadores, pues a diferencia de Dios, nosotros trabajamos siempre con un material preexistente, mientras que Dios, el Creador increado, lo creó todo de la nada, sin materiales preexistentes. El es: “la Causa sin causa de todas las causas, el Principio sin principio de todos los principios, y el Fin sin fin de todos los fines”. El es santo.
En los textos religiosos orientales de la India, más exactamente en las llamadas Upanishads, en una de ellas, la kena upanishad, encontramos un verso que sirve muy bien para expresar poéticamente la santidad de Dios en el sentido básico y principal en que la venimos considerando. Dice allí que: “Es diferente de todo lo conocido y también de todo lo desconocido”. Lo dicho, es inclasificable.
Juan Carlos Parra
Pastor, teólogo y escritor
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