
—Venezuela, ¿cómo se va a llamar?
Una lágrima recorre su mejilla, pero sus ojos brillan
con una certeza de fuego:
—Es una hembra, doctor. Y su nombre es “Libertad”
Entro a la sala de partos de un hospital en el territorio difuso de los sueños. No sé con certeza qué hago allí, pero entiendo que ese es mi papel y cumplirlo es mi deber ineludible. A mi alrededor, la escena es desgarradora: varias mujeres caminan en círculos, con las manos aferradas a las caderas y los rostros contraídos por un dolor antiguo y punzante.
—Me preocupa ella, doctor —me dice la enfermera, interrumpiendo mis pensamientos. Me señala a una mujer pequeña, de mirada exhausta, vestida con una bata tricolor que parece desteñida por el sufrimiento. Al entregarme su historia clínica, añade con un hilo de voz: —Revísela, por favor. Lleva demasiado tiempo en esto y no logra dar a luz. Han pasado varios médicos, la han examinado, pero nadie halla la solución. Las contracciones vienen y se van; el proceso simplemente está estancado.
Me acerco a ella, sintiendo el peso de la responsabilidad en mis hombros. Le tomo la mano, húmeda por el sudor y el cansancio, y le pregunto su nombre.
—Venezuela —responde, con un susurro que tiembla, pero no se quiebra.
La examino con el rigor del médico y la compasión del hijo. Lleva horas, tal vez años, en este trance agónico. Ya rompió fuente, la decisión está tomada y el camino no tiene vuelta atrás, pero no ha dilatado lo suficiente. Las contracciones son intermitentes, débiles, desprovistas de la fuerza sostenida que se requiere para empujar la vida hacia la luz. Es una distocia: un parto detenido, un umbral bloqueado por una resistencia invisible. Lo que falta es el estímulo vital, la potencia del útero como motor indomable al contraerse.
Es la misma parálisis que sufre un pueblo que lucha por su emancipación y que, a ratos, siente que sus fuerzas se agotan; que el alumbramiento de su destino se posterga, que el dolor es inconmensurable y el milagro no llega.
Como médico en esa sala, sé perfectamente lo que nos jugamos: o se conduce con firmeza el trabajo de parto, o habrá que tomar una decisión quirúrgica y dolorosa. Porque quien habita en ese vientre ya está sufriendo el trauma de la asfixia, y el tiempo de la vida no es eterno.
Miro a la mujer a los ojos, buscando la chispa de su dignidad originaria, y le pregunto:
—Venezuela, ¿cómo se va a llamar?
Una lágrima recorre su mejilla, pero sus ojos brillan con una certeza de fuego:
—Es una hembra, doctor. Y su nombre es “Libertad”.
En ese instante, el peso de la sala cambia. Levanto la mirada hacia mis paisanos, hacia los colegas y hermanos que llenan el recinto, y les hablo con una voz que ya no es mía, sino el eco de una urgencia colectiva:
—¡Vamos, hermanos! ¡Como un solo cuerpo, invocando al Altísimo, ayudemos a Venezuela a parir a su Libertad!
Porque el parto no ha terminado. Venezuela sigue en el epicentro del dolor, pujando entre la sombra y la esperanza. Las fuerzas parecen desvanecerse, pero la criatura que viene en camino ya tiene un nombre escrito en el cielo y un destino manifiesto sobre la tierra. Ninguna distocia, ningún bloqueo, ninguna tiranía tiene la última palabra cuando el Creador es el Médico Supremo que preside la sala de la historia.
“Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1).
¡Dios te bendiga!
Tu hermano y amigo.
José Cheo Lobatón
Pastor y maestro


