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¡Ay de Elon Musk y los millonarios del mundo!

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¿Con qué se presentarán a ese juicio los millonarios de este mundo si en vida jamás hicieron tesoros en el cielo...? / Imagen referencial generada por IA

El mismo dinero será el fiscal acusador para millones de ricos que han pasado a lo largo de la historia de la humanidad, oprimiendo y desatendiendo a los pobres de este mundo

Uno de los temas más abordados en las Sagradas Escrituras es el referente a las riquezas, cómo administrarlas bien y cómo cuidarse de no caer en la avaricia o amar al dinero, que es idolatría. No saber darle un uso adecuado se ha convertido en el principal problema de la humanidad. Quien no tenga un corazón correcto el dinero le hará resbalar a las profundidades del infierno, pues se necesita la ayuda del Espíritu Santo para poder recibir la sabiduría necesaria para convertir el dinero en nuestro esclavo y no nosotros ser esclavizados por él.
La inmensa mayoría del capital mundial está en manos de un pequeño porcentaje de personas, mientras millones de seres humanos padecen pobreza y hasta pobreza extrema; lo cual significa que la economía mundial que Dios puso en las manos de los hombres, unos pocos se han adueñado de ella sin ayudar a su prójimo, los más desposeídos, a llevar una vida medianamente bien.
Ese desajuste lo que demuestra es que la avaricia es ama y señora de ese grupito elitesco mundial, quienes más pronto que tarde tendrán que rendirle cuentas al Señor de cómo usaron ese dinero que Él permitió que ellos tuvieran para bendecir al resto de los seres humanos. El Salmo 24:1, sentencia: «Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella; el mundo y los que lo habitan». Eso significa que el hecho de tener pericia para amasar milmillonarias cantidades de dinero y propiedades, TODO sigue siendo de Dios y Él espera que se haga una distribución justa y equitativa de esos recursos para evitar el hambre del resto de la humanidad.
Pablo aconseja a manera de advertencia: «A los ricos de este siglo mándales que no sean altivos, ni pongan su esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Mándales que hagan el bien, y que sean ricos en buenas obras, dadivosos y generosos; que atesoren para sí mismos un buen fundamento para el futuro, que se aferren a la vida eterna» (1ª Timoteo 6: 17-19).
Hace unos días, el mundo conoció que el millonario Elon Musk rompió una barrera que parecía imposible. Al ingresar a la Bolsa su empresa SpaceX, su fortuna alcanzó los 1,2 billones de dólares. Estamos hablando de una cifra superior al valor en Bolsa de muchas de las empresas más reconocidas del planeta. Incluso, supera el tamaño de economías completas; significa que si Musk perdiera un millón de dólares cada día necesitaría más de 3.000 años para quedar arruinado, sin que le entrara ni un centavo más el resto de esos años que, por supuesto, jamás vivirá en este planeta.
Y Elon Musk es uno de los tantos multimillonarios del mundo, los cuales probablemente no lleguen ni al 3% de la población mundial; mientras el resto sale a la calle a luchar por llevar pan a su casa y otro grupo, el mayoritario, ni siquiera tiene un trabajo digno, lo cual les ha colocado en la banda de la pobreza extrema, al borde de la desnutrición, de la hambruna y la muerte. ¿Muerte por hambre en un mundo tan rico y productivo? Si, y todo por causa de ese 3% de desalmados, malagradecidos con Dios y administradores avaros de los bienes que el Señor les confió.
En una ocasión (reseña Marcos 10:17-25), se le acercó un joven rico a nuestro Señor jactándose de cumplir «todos los mandamientos» desde muy joven, y «Jesús miró al hombre y sintió profundo amor por él. —Hay una cosa que todavía no has hecho —le dijo—. Anda y vende todas tus posesiones y entrega el dinero a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Después ven y sígueme. Al oír esto, el hombre puso cara larga y se fue triste porque tenía muchas posesiones.
Jesús miró a su alrededor y dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios!”. Los discípulos quedaron asombrados de sus palabras. Pero Jesús volvió a decir: “Queridos hijos, es muy difícil [algunos manuscritos dicen muy difícil para aquellos que confían en las riquezas] entrar en el reino de Dios. De hecho, ¡es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios!”» (Marcos 10:17-25).
En el Antiguo Testamento Dios bendecía a los justos y fieles con riqueza abundante, por esa causa aquel joven rico que «cumplía todos los mandamientos» pensaba que estaba bien; sin embargo, Jesucristo puso en su justa dimensión a las riquezas, pues se puede ser rico, pero con un corazón incorrecto, ya que ponen al dinero en un altar en sus vidas idolatrándolo, pensando que están bien con Dios por ser ricos, cuando están muy lejos de agradarle.
Ser rico y no obedecer al Señor y ayudar a su prójimo a salir de la pobreza, significa que esa persona vive bajo el engaño de las riquezas. «El hombre rico es sabio en su propia opinión» (Proverbios 28:11a). Muchos creen que por poseer riquezas están bien con Dios, pero pueden correr el riesgo de aquel joven rico a quien Cristo con una frase le desnudó su realidad. «Porque ¿de qué le sirve a uno ganarse todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué puede dar uno a cambio de su alma?» (Marcos 8:36-37).
«Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, si tenemos sustento y abrigo, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la trampa de la tentación, y en muchas codicias necias y nocivas, que hunden a los hombres en la destrucción y la perdición; porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual algunos, por codiciarlo, se extraviaron de la fe y acabaron por experimentar muchos dolores» (1ª Corintios 6:7-10).
Decimos: ¡ay de Elon Musk y los millonarios del mundo!, porque mientras más tengan, mayor será el juicio y rendición de cuentas que tendrán que darle al Señor una vez partan de este mundo; como bien lo dijo Jesús: «al que se le da mucho, también se le exigirá mucho; y al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía» (Lucas 12:48b). Les aseguramos que muchos en el juicio final lamentarán haber sido millonarios olvidándose del prójimo y sus necesidades, pues Dios les imputará todos los males, hambre, desnutrición y muertes causados por la pobreza, mientras ellos vivieron en una opulencia irresponsable.
Muchos se «ganarán el mundo entero», pero «perderán sus almas» en la condenación eterna por causa de la vanidad y avaricia de las riquezas; por haber adorado al ‘dios de las riquezas’ (Mamón), a quien sirvieron olvidándose de servir a Dios que es el dueño de todo, y del prójimo no se acordaron.
Y concluimos con esta advertencia divina lapidaria a los millonarios de este mundo:
«Ahora escuchen, ustedes los ricos: ¡lloren a gritos por las calamidades que les vienen encima! Se ha podrido su riqueza y sus ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado su oro y su plata. Ese óxido dará testimonio contra ustedes y consumirá como fuego sus cuerpos. Han amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los días finales! Oigan cómo clama contra ustedes el salario no pagado a los obreros que trabajaron en sus campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor de los Ejércitos. Ustedes han llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que han hecho es engordar para el día de la matanza. Han condenado y matado al justo sin que él ofreciera resistencia» (Santiago 5:1-6).
El mismo dinero será el fiscal acusador para millones de ricos que han pasado a lo largo de la historia de la humanidad, oprimiendo y desatendiendo a los pobres de este mundo, los cuales, sin duda alguna se levantarán el día del juicio como testigos de la avaricia y el amor al dinero de quienes debieron usarlo para el bienestar colectivo; porque, a fin de cuentas, todo le pertenece a Dios y Él espera de ellos que sean buenos mayordomos de las riquezas y no lo fueron. «Desnudos nacimos y desnudos nos iremos de este mundo», revela la sabiduría divina. No olvidemos que «cada persona está destinada a morir una sola vez y después vendrá el juicio» (Hebreos 9:27).
¿Con qué se presentarán a ese juicio los millonarios de este mundo si en vida jamás hicieron tesoros en el cielo…? ¡Ay de los millonarios injustos de este mundo en aquel día!

Georges Doumat B.

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