¿Quién podría tener a su disposición semejante fortuna y no ceder a la tentación de la corrupción? Sólo alguien que, como Nehemías, gobierna con temor de Dios
Los sistemas de gobierno —sin importar cómo se llamen— nunca serán perfectos, esa es una realidad incuestionable. Sin embargo, lo que realmente humaniza cualquier estructura gubernamental es la persona que la dirige: el gobernante, el líder que asume la responsabilidad de servir.
Quienes ejercen la función pública lo hacen desde perspectivas influenciadas por ideologías, corrientes doctrinales o modelos de gestión. Esto es válido, y en democracia, el pueblo decide mediante el voto qué tipo de gobierno desea y, en consecuencia, qué clase de gobernante ocupará la magistratura. Pero más allá del modelo político, existe un principio bíblico indispensable para garantizar un buen desempeño gubernamental y el bienestar de la nación: el temor de Dios.
Nehemías fue uno de esos gobernadores que marcaron la diferencia. Determinado a hacer lo correcto, rompió con la corrupción y la injusticia que caracterizaron a sus predecesores. Su gestión se distinguió por la transparencia y el compromiso con el progreso, no por discursos vacíos ni críticas estériles, sino por hechos concretos. Así lo relata la Escritura:
«Desde el año veinte del reinado de Artajerjes, cuando fui designado gobernador de la tierra de Judá, hasta el año treinta y dos, es decir, durante doce años, ni mis hermanos ni yo utilizamos el impuesto que me correspondía como gobernador. En cambio, los gobernadores que me precedieron habían impuesto cargas sobre el pueblo, y cada día les habían exigido comida y vino por un valor de cuarenta monedas de plata. También sus criados oprimían al pueblo. En cambio yo, por temor a Dios, no hice eso. Al contrario, tanto yo como mis criados trabajamos en la reconstrucción de la muralla y no compramos ningún terreno» (Nehemías 5:14-16, Reina-Valera 1960).
Nehemías identificó las causas del malestar del pueblo, las corrigió y puso su liderazgo —junto con el de sus colaboradores— al servicio de la nación. Trabajó con determinación en la visión que Dios le había dado: reconstruir la muralla.
Como reflexión final, observa este detalle: el impuesto correspondiente al gobernador no fue eliminado ni dejado de cobrar. Nehemías hizo algo extraordinario: primero, no exigió más de lo estipulado; segundo, no utilizó esos recursos para enriquecerse a costa del pueblo.
¿Quién podría tener a su disposición semejante fortuna y no ceder a la tentación de la corrupción? Sólo alguien que, como Nehemías, gobierna con temor de Dios.
Juan Carlos Calderón
Presidente Escuela de Liderazgo de Alto Impacto (ELAI)
@jccalderonn



