El don abre puertas. El carácter sostiene la puerta abierta. Cuando el hacer (dones) supera al ser (carácter), el ministerio se vuelve un riesgo y funciona como un “escondite” y una “anestesia” a las heridas
Lo que no sano, lo transfiero.
Desde una perspectiva bíblica y terapéutica, las heridas no trabajadas se proyectan:
El líder abandonado crea ambientes de dependencia.
El líder inseguro controla.
El líder herido por autoridad abusa de autoridad.
El líder no confrontado evita confrontar.
El ministerio amplifica lo que somos, no lo reemplaza.
Dones sin carácter: una estructura inestable.
Bíblicamente, los dones son gracia (1ª Corintios 12), pero el carácter es fruto (Gálatas 5:22–23).
Los dones son capacidades. El fruto es evidencia de transformación.
Dios puede dar dones sin arrepentimiento (Romanos 11:29), pero el fruto es el resultado de permanencia en Cristo (Juan 15:5).
Esto significa:
Puedo tener don profético y no tener dominio propio.
Puedo tener autoridad pública y carecer de integridad privada.
Puedo tener plataforma y no tener profundidad.
El don abre puertas. El carácter sostiene la puerta abierta.
Cuando el hacer (dones) supera al ser (carácter), el ministerio se vuelve un riesgo y funciona como un “escondite” y una “anestesia” a las heridas.
Formar el carácter en el ministerio, así como la vida de creyente, es un proceso continuo.
Aquí comparto algunos principios para avanzar en formar el carácter:
Priorizar fruto sobre dones
El don abre puertas, el carácter las mantiene abiertas (Gálatas 5:22–23).
Esta es una “métrica” importante a evaluar en este tiempo, vivimos en una época donde muchos ministros son “seducidos” a ser reconocidos más por los dones (hacer), que por el fruto (ser). He tenido la oportunidad de viajar por varios países, he conocido ministros de todo tipo, iglesias grandes, pequeñas; he visto a hombres -voy a usar una frase muy común en el pueblo evangélico, pero en el lado que creemos en los dones- “terriblemente usados por Dios” desde el púlpito, y vamos a un restaurant a comer y los he visto gritarle al mesonero, o tratar mal a alguna persona, no por un hecho puntual, porque todos pasamos por malos momentos en los que “explotamos” , sino como una conducta. Sólo es un ejemplo, cómo eso, otros más.
Desarrollar una “conciencia emocional”
Un ministro maduro sabe lo que siente y cómo gestionarlo. Aquí surge el problema de espiritualizar todo, tener emociones y/o sentimientos no nos hace “emocionalistas”, el punto aquí es reconocer y gestionar esos sentimientos. Los salmos están llenos de esto.
Aceptar confrontación y rendición de cuentas
La corrección forma profundidad (Proverbios 27:6). Muchos ministros no rinden cuentas, dicen que sólo “rinden cuenta a Dios”, y eso ha traído una andanada de abusos y desequilibrios en el ejercicio ministerial.
Practicar coherencia entre vida pública y privada
La integridad es consistencia cuando nadie observa. Este para mi es otro punto importante en la vida del ministro, uno es que lo que se dice o hace desde el púlpito, y otra es cuando nos bajamos de él, en nuestro andar diario.
Valorar procesos largos sobre resultados rápidos
La formación es más importante que la plataforma.
Fundar identidad en el ser, no en el hacer
Antes de servir somos hijos. Antes del “título” ministerial, somos hijos de Dios. El ser llamado al ministerio es uno de los roles que cumplimos en nuestra vida.
Igualmente, la sanidad emocional no es un hecho puntual, es un proceso, aún en la vida ministerial.
Comparto algunos principios al respecto:
Reconocer el dolor sin negarlo
Lo que no se reconoce, no se cambia, no se transforma (Juan 8:32). Esta es una frase que la he acuñado desde hace un tiempo.
Muchos ministros pueden vivir en negación, porque les da “vergüenza” reconocer algún dolor de situaciones que hayan pasado. Reconocer el dolor no es falta de fe, hay mucha confusión con eso. En el ministerio vamos a ser heridos, bien sea por ovejas, colaboradores cercanos o por otros ministros. O aún tener heridas pasadas no reconocidas que afectan nuestro ejercicio.
Diferenciar herida de culpa
No todo dolor es consecuencia de pecado propio, hay dolores causados por errores propios, que, si no se gestionan bien, nos puede llevar a vivir en la culpa. Hay heridas causadas por terceros, que causan dolor.
Asumir responsabilidad por tu proceso
No eres responsable de lo que te hicieron, pero sí de cómo decides responder, reconocer el dolor y/o la herida, nos lleva a poder gestionarla para llevar a superarla.
Romper patrones repetitivos
Lo no sanado se repite, lo confrontado se transforma. Si no se es consciente de alguna herida, entonces nos lleva a una espiral de patrones que afectan nuestra vida y la de los demás.
Buscar apoyo y acompañamiento
La sanidad ocurre en relaciones saludables (Santiago 5:16). Siempre va a ser importante contar con personas maduras, que nos ayuden en nuestro proceso.
Se les ama y bendice.
Jesús Mata
Pastor y teólogo



