
Llamar “proceso” a lo que Dios llama “pecado” no es crecimiento, es endurecimiento del corazón
No hay pecado más peligroso que aquel que se comete usando el nombre de Dios como escudo. Cuando tomamos decisiones basadas en nuestra prudencia, pisoteamos los principios bíblicos y luego los sellamos con un “Amén” artificial, estamos incurriendo en una forma de sacrilegio moderno.
I. El pecado de la presunción: Tentar a la justicia divina
Creer que podemos violar la Palabra y luego decretar que “Dios lo usará para bien” es una falta de respeto a la santidad del Altísimo. Es tratar a Dios como un empleado encargado de limpiar nuestros desastres, en lugar de nuestro Señor.
El salmista entendía este peligro cuando clamó:
“Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (Salmo 19:13).
Llamar “proceso” a lo que Dios llama “pecado” no es crecimiento, es endurecimiento del corazón. Cada vez que justificas una mala decisión, pones una capa de callo sobre tu conciencia, hasta que dejas de escuchar la voz del Espíritu Santo.
II. La Palabra de Dios no es un menú a la carta
El engaño de acomodar la Escritura a nuestra conveniencia es, en esencia, idolatría: adoramos nuestra propia opinión y usamos la Biblia para darle validez. Dios no busca editores de Su Palabra, busca ejecutores de ella.
La advertencia en el libro de Apocalipsis es un recordatorio del temor que debemos tener al manipular Su verdad:
“Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida…” (Apocalipsis 22:18-19).
Si tu interpretación de la Biblia siempre te da la razón y nunca te confronta, probablemente no estás escuchando a Dios, sino a tu propio ego.
III. La falsa lealtad y la rebelión de Coré
Disfrazar la deslealtad a las autoridades con “espiritualidad” es un camino que ya muchos recorrieron para su propia ruina. Muchos dicen: “Dios me dijo que hiciera esto”, saltándose el orden, la sujeción y la honra.
Recuerda el juicio sobre aquellos que se rebelan bajo pretextos de justicia propia:
“¡Ay de ellos!, porque han seguido el camino de Caín… y perecieron en la contradicción de Coré” (Judas 1:11).
La desobediencia a los principios de autoridad establecidos es, en el mundo espiritual, equivalente al pecado de adivinación e idolatría (1 Samuel 15:23). No hay “crecimiento” posible fuera de la obediencia.
UN LLAMADO AL TEMOR DE DIOS Y AL ARREPENTIMIENTO GENUINO
El verdadero arrepentimiento no es simplemente sentirse mal por las consecuencias, es un cambio de dirección nacido de reconocer que hemos ofendido a un Dios Santo. Es hora de dejar de llamar “debilidad” a lo que Dios llama “deslealtad”.
La urgencia del momento
Dios no puede ser burlado. El tiempo de jugar a la religión mientras se vive bajo la propia ley se está acabando. La Biblia nos insta:
“Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hebreos 10:31).
¿Qué debes hacer hoy?
Deja de justificar: Deja de buscar versículos que suavicen tu pecado.
Confiesa la raíz: No sólo pidas perdón por la decisión, sino por la soberbia de querer acomodar a Dios a tus planes.
Vuelve a la senda antigua: Sométete a las autoridades que has ignorado y abraza los principios que has violado, aunque duela el orgullo.
El temor de Jehová es el principio de la sabiduría. Sin ese temor, sólo somos personas religiosas caminando hacia un precipicio de autoengaño.
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).
Rafael Rojas
Pastor


