
Cuando los discípulos se dieron cuenta de que no sabían orar, sin ningún complejo le pidieron al Señor que los enseñara, porque pedir eso no es vergonzoso
Hay que desarrollar el hábito de orar. Hay dos posturas extremas que observamos cuando los creyentes pretenden logros espirituales: Una es creer con firmeza en reglas y recetas rígidas y repetitivas, que se convierten en una camisa de fuerza; la otra está representada por quienes andan en una onda supuestamente “espiritual” y piensan que no necesitan guía de nadie porque tienen conexión directa con el cielo. Ambas son igualmente dañinas, porque todos los extremismos son peligrosos.
¡Tenemos que entrenarnos para orar! A nadie en su sano juicio se le ocurriría “sentarse” a esperar, por ejemplo, perder peso, sin hacer algo concreto para lograrlo. Ese logro no puede ser un producto ilegítimo del azar, sino el resultado de entender principios después de que desarrollamos hábitos de vida.
Si hemos decidido que es importante aprender a orar debemos buscar las disciplinas necesarias y ejercitarlas en forma sistemática. Cuando los discípulos se dieron cuenta de que no sabían orar, sin ningún complejo le pidieron al Señor que los enseñara, porque pedir eso no es vergonzoso.
Si queremos lograr nuestra meta para ser personas de oración, tenemos que domar nuestro estado de ánimo y desestimar la lista de “razones” que llegan a la mente: “Estoy cansado, Dios no quiere sacrificios, no hay que ser religioso, está lloviendo, hace frío, no tengo ganas”, etc. Orar es algo serio que exige que usted le hable a su mente y le ordene: ¡Voy a orar, aunque no tenga ganas!


