A Dios puedes hablarle con libertad de lo que te agobia. Nada lo va a sorprender. Ante su mirada estamos desnudos y expuestos y conoce absolutamente todo sobre ti desde hace tiempo
“El Seol y el Abadón están delante de Jehová; ¡Cuánto más los corazones de los hombres!” (Proverbios 15:11).
Seguro que has pensado alguna vez en el hombre invisible. Yo a veces pienso que la invisibilidad es como un síndrome en el hombre. Para ser invisible debe andar desnudo y tal desnudez con su normal carga de vergüenza tuvo su origen en la caída. Así que tal vez haya un vínculo entre el deseo de ser invisible y la inclinación del género humano por mantener algo oculto o de hacer algo sin ser visto. Así que en la fantasía pone a prueba su ingenio para lograrlo, aunque por dentro el secreto le infrinja un daño.
Sabemos que el principio bíblico es que “la verdad nos hace libres” y aunque nuestro secreto también sea una verdad, nos incomoda porque no sabemos bregar con ella ni cómo cambiarla, en consecuencia, nos esclaviza y nos minimiza.
Pero nuestro proverbio, que sin duda es una advertencia para los hombres y mujeres “invisibles”, es también una verdad liberadora. ¿Qué se oculta de los ojos de Dios? El proverbista apela a lugares donde sólo el ojo divino puede llegar: el Seol y el Abadón. “¡Cuánto más nuestros corazones!”. Entonces, si nuestros pensamientos más secretos no escapan de su mirada, ¿por qué no aprovechamos la Omnividencia divina a favor de nuestra salud espiritual y emocional? A Dios puedes hablarle con libertad de lo que te agobia. Nada lo va a sorprender. Ante su mirada estamos desnudos y expuestos y conoce absolutamente todo sobre ti desde hace tiempo.
Por tanto, ¿por qué no sincerarse con Dios? Seguro que eso es lo que espera que hagamos. Él sabrá escucharte, comprenderte, perdonarte y sanarte. Su ética es tan buena que todo quedará entre tú y Él para siempre. ¡Hagámoslo!



