Debemos tener momentos en los cuales nos apartemos del ruido de la vida para estar en su presencia quietos, en el entendido de que no es Dios quien necesita de nosotros, sino que la necesidad es nuestra
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo…” (Hebreos 1:1). Esta porción de la Palabra de Dios nos dice algo muy hermoso acerca de su programa para la humanidad: Dios siempre ha querido comunicarse con el hombre y lo ha manifestado, porque quiere tener relación con nosotros.
La Biblia es la historia de Dios y su trato con la humanidad. En cada una de sus páginas aparecen de alguna manera las condiciones de esa relación y las consecuencias que se derivan de nuestra desobediencia.
Es evidente que no nacemos nada más que para vivir. Esa relación deseada por Dios se concreta en lo que llamamos “vida devocional”; que es permitir que Dios reine en todas las áreas de nuestra vida. Es decir, que debemos tener momentos en los cuales nos apartemos del ruido de la vida para estar en su presencia quietos; no en un tiempo que nos “sobre”, sino en actitud de dedicación expresa, en el entendido de que no es Dios quien necesita de nosotros, sino que la necesidad es nuestra, porque vivimos en un mundo suyo, que Él, misericordiosamente nos presta.
La oración es la manifestación más elocuente de una devoción. Al mantener una vida de oración estamos expresando que amamos, respetamos y obedecemos al Dios a quien dirigimos nuestras plegarias.



