
La sanidad y la liberación son las marcas de los escogidos que han decidido no amoldarse a este siglo. Al renovar nuestro entendimiento, nos convertimos en el canal por el cual el Reino de Dios se hace tangible
La entrada del Reino de Dios en la historia humana no fue un evento meramente conceptual o teórico. Fue, ante todo, una irrupción de poder. Cuando Jesucristo encarnó el Reino, trajo consigo una manifestación pública de liberación y sanidad que alteró el orden espiritual vigente. Hoy, esa misma dinámica debe ser el sello distintivo de la Iglesia: una comunidad donde la acción del Espíritu Santo en el espíritu y el alma del hombre sea palpable, real y transformadora.
EL ROMPIMIENTO DEL MOLDE: RENOVAR PARA COMPROBAR
El apóstol Pablo, en Romanos 12:2, establece una condición indispensable para experimentar la plenitud de Dios: el rechazo a la conformidad. Diversas traducciones nos ayudan a dimensionar este mandato. Mientras la Reina Valera nos pide no «conformarnos», la Biblia Textual advierte no «adaptarnos» y la Biblia Dios Habla Hoy es aún más directa: «No vivan ya según los criterios del tiempo presente».
La clave se encuentra en el término griego suschematizo. Esta palabra hace referencia a un «esquema» o estructura externa. Pablo nos ordena: no se esquematicen al mundo. El sistema actual intenta presionar nuestra mente para que encaje en su molde de temor, pecado y limitación. Pedro refuerza esta idea al exhortarnos a no conformarnos a los deseos de nuestra antigua ignorancia (1ª Pedro 1:14).
La metamorfosis (transformación) cristiana no ocurre por un esfuerzo de voluntad externo, sino por la renovación del entendimiento. Sólo cuando cambiamos nuestra manera de pensar, cambia nuestra manera de vivir. Es en esa mente renovada donde finalmente podemos «comprobar»; es decir, experimentar y validar en la práctica que la voluntad de Dios no es una carga, sino que es buena, agradable y perfecta.
LA SANIDAD COMO TERAPIA DEL REINO
En el ministerio de Jesús, la liberación y la sanidad eran las credenciales del Reino. En Mateo 12:22, vemos la sanidad de un endemoniado ciego y mudo. El texto original utiliza el verbo therapeuo, de donde proviene nuestra palabra «terapia». Esto nos revela una verdad profunda: Jesús no sólo expulsa el mal, sino que establece un cuidado, una «terapia» de restauración integral para el individuo.
Este nivel de autoridad era desconocido en el Antiguo Testamento. Lo más cercano fue la ministración de David hacia Saúl para aliviar su tormento espiritual. Sin embargo, con Jesús, la sanidad interior y la liberación se convierten en prácticas normativas del Reino. Si una congregación hoy no manifiesta estas señales, debe revisarse profundamente ante el Señor, pues el Reino de Dios se demuestra en poder, no sólo en palabras.
LA DINÁMICA DE LA AUTORIDAD Y EL CONFLICTO ESPIRITUAL
La liberación genera reacciones inevitables. En el relato de Mateo, el pueblo se asombraba, pero la casta religiosa, movida por el celo, acusaba a Jesús de operar por el poder de Belcebú. La respuesta del Maestro es contundente: «Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mateo 12:28).
Jesús introduce la parábola del «hombre fuerte». Para saquear los bienes de las tinieblas, que son las almas y la salud de las personas, primero es necesario atar al hombre fuerte. Esta es la labor apostólica: ejercer la autoridad delegada para despojar al enemigo de su territorio.
Es aquí donde surge la advertencia sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo. Mientras que el ataque contra el «Hijo del Hombre» puede proceder de la ignorancia, difamar la obra evidente del Espíritu Santo por pura antipatía o intereses religiosos es un terreno peligroso. Quien conoce a Jesús y aun así atribuye la libertad del Espíritu al diablo, está cerrando la puerta a su propio perdón.
EL PELIGRO DEL VACÍO: UNA CASA QUE DEBE SER HABITADA
Conocida también como «la maldición de los siete espíritus peores».
La liberación no es un fin en sí mismo, sino un medio para que el Reino se establezca. Jesús advierte que un espíritu que sale de un hombre busca regresar. Si encuentra la «casa» (la vida de la persona) barrida y adornada, pero desocupada, regresará con siete peores (Mateo 12:43-45).
Esta es una lección vital de sanidad interior: no basta con ser libre de un demonio o de un trauma; la mente y el corazón deben ser llenados con la Palabra de Dios y la presencia del Espíritu Santo. Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2ª Corintios 3:17), pero esa libertad debe ser gestionada mediante una mente renovada que no vuelva a los antiguos esquemas del mundo.
Estamos llamados a dominar las tinieblas, no a temerle. Se nos ha delegado el poder en la Gran Comisión (Mateo 28:18-20) y hemos recibido la investidura en Pentecostés (Hechos 1:8). La sanidad y la liberación son las marcas de los escogidos que han decidido no amoldarse a este siglo. Al renovar nuestro entendimiento, nos convertimos en el canal por el cual el Reino de Dios se hace tangible, trayendo luz a los ciegos y libertad a los cautivos. Eso es lo que más le urge a Venezuela actualmente.
Georges Doumat B.


