La vida de oración es la que puede detectar lo que el creyente promedio no puede. Con frecuencia nos involucramos en múltiples tareas sin oración, en nuestras propias fuerzas y fracasamos sin entender por qué
En el capítulo 73 de Salmos aparece la crisis de Asaf, director musical, intérprete y compositor en Israel. Había sido formado en los menesteres del templo. Vivió rodeado de la cultura religiosa de adoración y alabanza, pero, él mismo declara que estuvo a punto de caer cuando no comprendió algunos detalles de la vida de los impíos que lo rodeaban y eso lo amargó tanto que consideró que no tenía ningún sentido servirle a Dios; hasta que “…entrando en el santuario de Dios…” pudo comprender cómo es que Dios funciona. Fue la experiencia de altar la que incorporó a su vida la revelación justa y clara a la que no había tenido acceso por tener una relación superficial con Dios.
La vida de oración es la que puede detectar lo que el creyente promedio no puede. Con frecuencia nos involucramos en múltiples tareas sin oración, en nuestras propias fuerzas y fracasamos sin entender por qué.
Los cristianos tenemos que entender de una vez por todas, quiénes somos, dónde estamos y contra quién luchamos. Nuestro enemigo es peligroso e inteligente y le encanta pasar desapercibido, pero la Biblia enseña que anda “como león rugiente buscando a quien devorar”. La lucha comienza en la mente, que es un campo de batalla. El Espíritu Santo también actúa en la mente; de manera que uno de los dos tendrá nuestra atención y eso sí que es una decisión unilateral donde sólo nosotros somos actores. ¡El altar de Dios nos espera!



