
Un “hombre de verdad” sería entonces uno fiel e inspirador de confianza; algo que no puede decirse de quien por su afán de riqueza fácil es capaz de cualquier desmán para lograrlo
“El hombre de verdad tendrá muchas bendiciones; Mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa” (Proverbios 28:20).
Se cuenta que en cierta ocasión se le vio a Diógenes pasear por las calles de Atenas con una linterna encendida en pleno día; al preguntarle unos y otros por qué lo hacía, respondió: “busco un hombre”. Intriga la razón de tal respuesta que ―sin duda― tiene que ser distinta a si se formulase hoy. Personalmente me inclino por pensar que “busco un hombre” implica hallar a uno, entre muchos, con ciertas cualidades. En estos días escuché que una dama cristiana les urgía a los hombres a que fuesen hombres y creo que, nuevamente, el llamado es a conservar las cualidades de su hombría.
Es de esperarse que nuestro proverbio siga la línea que contrasta dos tipos de personas: “el hombre de verdad” y el dominado por sus ansias de riqueza. La DHH lo traduce así: “Quien es digno de confianza, será alabado; quien tiene ansias de riquezas, no quedará sin castigo”. Un “hombre de verdad” sería entonces uno fiel e inspirador de confianza; algo que no puede decirse de quien por su afán de riqueza fácil es capaz de cualquier desmán para lograrlo. Con razón un pensamiento anónimo dice que “el hombre es una voluntad iluminada por una inteligencia y asediada por las pasiones”.
Es claro que nuestro proverbio exalta aquellos criterios que inspiran confianza como la entereza, el valor, la lealtad; en contraste, con posturas abiertas a los anti valores promovidos hoy. Tal vez tengamos que decir como Diógenes: “busco un hombre” que no esté desdibujado por un ambiente “líquido” en el que los valores son inestables.
Pero también se puede señalar que “hombre de verdad” puede ser una alusión a una humanidad fiel. Eso nos arroparía y nos responsabilizaría a todos. ¿No le parece?


