
Comprender la “separación” que debe haber entre el aparato del Estado o gobierno y la Iglesia es fundamental para que no se desvirtúe su naturaleza y termine prostituyéndose en busca del dominio del poder
La política o el arte de gobernar está inmersa en todas las áreas de la vida en la que se desempeña el ser humano.
No obstante, desde la perspectiva de ejercer el gobierno civil, la política se convierte en el vehículo para la gerencia gubernamental y en su esencia le corresponde a quienes la ejercen garantizar el cumplimiento de las leyes y resguardar los intereses de los ciudadanos de un país.
El Estado existe para ejercer gobierno externo a sus ciudadanos en aquellas áreas de interés común donde desde la individualidad no es posible convivir en paz y respeto dada la falta de autogobierno de los individuos que conforman dicha sociedad, a fin de garantizar la protección y el bienestar de sus ciudadanos.
En este sentido, la estructura civil debe ejercer un gobierno limitado sobre sus gobernados, orientado a servir al individuo, no al contrario y el gobierno debe ser por el consentimiento del gobernado y no ser impuesto por algún decreto desde arriba, donde a su vez todos los ciudadanos deben ser iguales bajo la ley.
En resumen, Jesús hace referencia a las autoridades civiles, y declara que deben ser servidores públicos; por lo tanto, el propósito del gobierno civil es servir a la gente.
No obstante, la iglesia que es el cuerpo de Cristo le corresponde ser sal y luz a todas las esferas de la sociedad incluyendo la esfera gubernamental, trayendo dirección en todas ellas más no perdiendo su esencia, por ello, aunque Dios no puede ser separado del gobierno, la Biblia habla de los límites de la jurisdicción del Estado y de la Iglesia. Jesús enseñó que debemos dar “al César (el Estado) lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:17-21).
Una cosa que pertenece al Estado y no a la Iglesia es el uso de la espada para proteger a los ciudadanos (Romanos 13:1-4). Algunas cosas que pertenecen a Dios y no al Estado incluyen nuestra adoración a Dios, nuestros hijos, nuestra conciencia y nuestra vida. En estas materias, el Estado no tiene autoridad y no debe interferir.
Desde la Cosmovisión Bíblica, Dios es soberano sobre el hombre, y de él fluye el gobierno del Estado, la Iglesia y el hogar, más cada uno tiene una jurisdicción separada, y debe mantenerse así.
La iglesia tiene la tarea de levantar embajadores del Reino de Dios que sean agentes de transformación y cambio en cada barrio, lugar de trabajo y actividad cívica; equipando y movilizar al pueblo de Dios para el servicio, no sólo en la Iglesia, sino en todas las áreas clave de la vida donde los creyentes pasan la mayor parte de su tiempo, en sus propias vocaciones, llamados o trabajos; es decir, en las otras seis esferas de la cultura: Gobierno y Leyes; Educación, Economía, Familia y Salud, Artes y Deporte; y Medios de Comunicación (Efesios 4:11-12,16; Tito 3:8,14).
Comprender la “separación” que debe haber entre el aparato del Estado o gobierno y la Iglesia es fundamental para que no se desvirtúe su naturaleza y termine prostituyéndose en busca del dominio del poder.
Ciertamente, el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios fue creado para ejercer dominio o gobierno aquí en la tierra sobre todo lo que existe de acuerdo con el Mandato Cultural, y también es verdad que por Cristo la iglesia fue llamada a ejercer gobierno a partir de la esfera espiritual junto con Cristo hacia todas las otras esferas de la sociedad.
Así que la verdad en cuestión es que Dios anhela que sus hijos, lavados por su sangre y transformador por su palabra sean instrumentos de justicia en cada esfera de la sociedad, entre ellas la esfera de Gobierno, mas esto no significa que la iglesia de Cristo como cuerpo sea ligada, casada o comprometida con ninguna expresión particular de gobierno partidista, ya que al hacerlo desvirtuamos el diseño original y violamos las jurisdicciones que Dios ha pre establecido.
Diego Ortiz
Pastor y comunicador
@ps.diegoortiz


