
Venezuela tiene cura, y sus hijos lo sabemos. Nosotros somos su medicina, nuestra conciencia es el antídoto al mal. Dios lo sabe, y aguarda nuestro convencimiento y acción para activar los cambios que su tiempo señala
Preciosa tierra, conjunción de bellezas y fuente de bendiciones. Doncella de América, destino eterno de inmigrantes que un día vieron en ella la promesa de un nuevo comienzo.
¿Quién podía imaginar un cáncer en su historia? ¿Quién podía siquiera suponer que un letal tumor de células púrpuras dañaría su estructura, extendiendo silenciosamente su metástasis hasta tocar cada rincón del cuerpo social?
Ese tumor tiene nombre e historia: es el régimen que ha gobernado con mano dura y corazón cerrado; el mismo que sembró la enfermedad e impide su cura. La tierra no enfermó por accidente, fue el régimen quien la contagió con su ambición y la mantiene en una terapia forzada, mientras se enriquece de su sufrimiento. Los terremotos de la división que hoy sacuden sus cimientos no fueron obra del azar, sino la consecuencia directa de quienes debieron protegerla y, en su lugar, la fracturaron.
Hoy yase enferma. Hay un daño económico profundo, provocado por años de decisiones ciegas desde el poder, y un trastorno severo en su raíz moral, esa que un día bebió del temor de Dios y que el régimen ha intentado secar con mentiras e injusticias.
EL ANTÍDOTO Y LA PROMESA DE RESTAURACIÓN
Pero nada hecho por el Creador está irremediablemente perdido. Venezuela tiene cura, y sus hijos lo sabemos. Nosotros somos su medicina, nuestra conciencia es el antídoto al mal, no la voluntad de quienes la enfermaron. Dios lo sabe, y sólo aguarda nuestro convencimiento y acción para activar los cambios que su tiempo señala, y que la oración implora con lágrimas.
Así como Él calma la tierra que tiembla, también es capaz de sanar el corazón de una nación que anhela volver a Él, apartando del poder a quienes le han hecho daño. Miro hoy la cama de mi patria enferma, y con fe profetizo que Dios dará de alta a Venezuela.
“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14).
José “Cheo” Lobatón
Pastor y maestro


