La liberación de Venezuela no comenzará cuando uno solo triunfe sobre las ruinas de los demás, sino cuando, unidos en la caridad y sosteniéndose unos a otros
Un hombre capturó decenas de ratas vivas y las arrojó al fondo de un pozo profundo y seco del cual era imposible escapar. Al cabo de unas horas, lanzó al vacío el cuerpo de un cerdo muerto. Hambrientas, las ratas devoraron el cadáver durante días, celebrando en la oscuridad sin preocuparse por el mañana. Pero el festín terminó. Sin nada más que comer, el pánico desplazó a la comunidad y las ratas comenzaron a devorarse entre sí. Una a una cayeron las débiles y las heridas, hasta que en el fondo sólo quedó una: la más despiadada. El hombre la sacó del pozo y la liberó en su granja. El animal, cuya naturaleza había sido alterada por la extrema supervivencia, no buscó refugio entre los suyos, sino que se dedicó a cazar y exterminar a las demás ratas del granero. Se había convertido en la herramienta perfecta de destrucción contra su propia especie.
Esta paradoja resume la trampa sociopolítica que ha sufrido Venezuela en las últimas décadas. El cerdo arrojado al pozo representa el asistencialismo desmedido y la bonanza petrolera repartida estratégicamente mientras se destruía paulatinamente el aparato productivo, la propiedad privada y la autonomía del ciudadano. Cuando la abundancia regalada se agotó, el régimen cerró el pozo y administró la escasez. Las bolsas de comida, los bonos y los controles se convirtieron en las únicas migajas para subsistir.
A través de esta ingeniería de sometimiento, la sociedad venezolana fue empujada a una dinámica implacable de sálvese quien pueda. El vecino dejó de ser un aliado para convertirse en un rival en la cola del supermercado, en el acceso a la gasolina o en la consecución de medicinas. La delación, la viveza desmedida, la polarización y la migración forzada fracturaron a la familia y al tejido social. El mayor éxito de la hegemonía totalitaria en Venezuela no fue sólo el control de las instituciones, sino moldear a individuos que, empujados por la necesidad y la desesperanza, terminaran reproduciendo las lógicas del propio opresor contra su propia gente.
REFLEXIÓN CRISTIANA: RESTAURAR LA DIGNIDAD Y EL AMOR AL PRÓJIMO
Desde la perspectiva bíblica, esta metáfora expone la forma en que el mal busca degradar la imagen de Dios en el hombre, transformando al hermano en un adversario. El apóstol Pablo nos advierte en Gálatas capítulo 5, verso 15: Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros. La estrategia del opresor siempre ha sido la división, porque una sociedad fragmentada y hambrienta no tiene fuerzas para mirar hacia arriba ni para buscar la libertad.
Para el pueblo venezolano, la verdadera resistencia no consiste en aprender a sobrevivir a costa del semejante dentro del pozo, ni en dejar que la escasez corrompa el alma. La fe cristiana nos llama a romper el círculo de la desconfianza a través de la solidaridad, la verdad y la justicia. La liberación de Venezuela no comenzará cuando uno solo triunfe sobre las ruinas de los demás, sino cuando, unidos en la caridad y sosteniéndose unos a otros, los ciudadanos reconozcan la trampa, perdonen las heridas del pasado y confíen en que Dios es quien rompe los cerrojos de bronce y levanta a los caídos.
Dios te Bendiga.
Tu hermano y amigo.
José Cheo Lobatón
Pastor y maestro



