
La verdad es que, francamente, ¡No sabemos orar! Hay millones de personas en la iglesia que quieren orar sin tener relación con Dios
Un día Jesús escuchó de uno de sus discípulos una petición: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1). Esa solicitud solapaba una queja hacia la institución religiosa que los había educado en la liturgia del judaísmo; pero que tenía la carencia de una enseñanza en una categoría espiritual que tenía que ver con relación íntima con Dios.
Es preocupante, que a pesar de las enseñanzas de Cristo, y después de más dos milenios de cristianismo, la iglesia tenga hoy el mismo desconocimiento, como para que un Doctor en Teología como Wagner y un ministro que nació en las faldas del templo sientan que la oración y su enseñanza han estado engavetadas, oxidándose en los archivos de la iglesia.
¡A nadie se le ocurre enseñar lo que se supone que todo el mundo sabe! Sin embargo, la verdad es que, francamente, ¡No sabemos orar! No porque sea complicado aprender, sino porque tradicionalmente hemos manejado conceptos equivocados de lo que es oración.
Hay millones de personas en la iglesia que quieren orar sin tener relación con Dios. El Señor habló de eso: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación” (Mateo 23:14). La gente sencilla sentía respeto inocente por estos líderes, pero el Señor los fustigó. El pueblo no percibía las motivaciones de unos dirigentes espirituales que se habían agotado en las formas religiosas y estaban usando la oración con intenciones perversas. Hoy es necesario reformular la enseñanza de la oración y dejar de asumir que sabemos lo que ciertamente no sabemos y debemos aprender.


