
Muchos no creen en la voz profética de los Isaías en la Venezuela actual, antes bien, prefieren creer en los falsos profetas que hablan de suyo propio abundancia, paz y prosperidad
Hay una similitud asombrosa entre el llamado del profeta Isaías y el de nosotros como Iglesia en la actualidad; y entre el pueblo de Judá de su tiempo con la Venezuela actual. Analizaremos detenidamente cada detalle del revelador capítulo 6 de su libro y del llamado profético de Isaías con el nuestro hoy.
En Isaías 6:1-13, el profeta está en Judá con acceso libre al palacio del rey Uzías, hasta que el monarca muere y es en medio de ese pesar que Dios le da una impactante revelación a Isaías que cambia totalmente su percepción del Señor y de su futuro ministerial.
El pueblo de Judá tomó a Uzías, que tenía dieciséis años, y lo proclamó rey en lugar de su padre Amasías; reinó a Judá por 52 años, en el período 809-759 a.C. (2 Crónicas 26); pero comete un grave pecado cuando llegó a ser poderoso, lo que lo volvió orgulloso, resultando en su ruina. «Pecó contra el Señor su Dios cuando entró al santuario del templo del Señor y personalmente quemó incienso sobre el altar del incienso».
Al ser exhortado por los sacerdotes se ensoberbeció y Dios le hirió con una lepra en la frente, la cual lo aisló por años, llegando a reinar a distancia a través de su hijo, hasta que murió.
Tras la muerte del rey Uzías, Isaías recibe la visión que él mismo relata (6:1-4): «yo vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime. El borde de su manto cubría el templo. Dos serafines permanecían por encima de él, y cada uno de ellos tenía seis alas; con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Uno de ellos clamaba al otro y le decía: “¡Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!”».
A pesar de estar Isaías en su función como profeta, fue cuando murió Uzías, que, en su pesar, vio al Señor en su trono de gloria. Cuando Judá (Venezuela) experimente la muerte de Uzías quedará conmocionada al grado que el remanente de la Iglesia buscará más de Dios y también verá la gloria del Señor, será transformado, avivado y jamás volverá a ser el mismo, como nunca más lo fue Isaías.
«Entonces dije yo: “¡Ay de mí! ¡Soy hombre muerto! ¡Mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos, aun cuando soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios también impuros!”.
Entonces uno de los serafines voló hacia mí. En su mano llevaba un carbón encendido [brasa ardiente], que había tomado del altar con unas tenazas. Con ese carbón tocó mi boca, y dijo: “Con este carbón he tocado tus labios, para remover tu culpa y perdonar tu pecado”» (vss. 5-7).
Cuando vemos o tenemos un genuino encuentro con el Señor nos percatamos de nuestra bajeza y pecaminosidad que nos hace dignos de muerte. La brasa que toca su boca es el fuego purificador de la santidad de Dios que nos perdona por medio del sacrificio de Cristo.
¿Por qué en la boca?:
- Por la boca se exterioriza lo que hay en nuestra alma (corazón, mente, voluntad).
- Con la boca confesamos la salvación que ya hemos creído con el corazón (Romanos 10:9-10).
- Por la boca es como manifestamos el poder sanador, salvador, liberador y profético.
Aun cuando Isaías era profeta de Dios necesitó un encuentro con el Señor para limpiarlo y avivarlo, así lo necesita la Iglesia venezolana actualmente que ha dejado que lo superfluo, los dimes y diretes políticos de bando y bando la distraigan y contaminen, al extremo que necesita ser limpiada por el Señor para poder ser avivada.
«Después oí la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”. Y yo respondí: “Aquí estoy yo. Envíame a mí”» (vs. 8).
Una vez vemos la gloria del Señor y tenemos un verdadero encuentro con Él, debemos tomar la decisión que no todos quieren tomar, porque implica muerte al yo y a las agendas personales. Isaías entendió muy bien el llamado del Señor, redireccionó su ministerio saliendo del palacio (comodidad), y le dijo al Señor: «Envíame», no se envió solo como acostumbran muchos hoy, esperó por el enviamiento divino (Efesios 4:11).
Isaías (y la Iglesia) fue enviado a dar un mensaje que no es aceptado por muchos, sino a quienes les es revelado para salvación (aun así, debemos ir para darles testimonio a ellos):
«Dijo entonces: “Ve y dile a este pueblo: ‘Oigan bien, pero no entiendan; vean bien, pero no comprendan’. Entorpece el corazón de este pueblo. Cierra sus oídos, y ciega sus ojos. Que no vea con sus ojos ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, para que no se convierta ni sea sanado”» (vss. 9-10).
A pesar de todo lo que le pasó al rey Uzías y del posterior mensaje de Isaías, muchos en Judá seguían con el corazón endurecido y viviendo de espaldas a Dios. Así Venezuela tiene varias décadas en una crisis que se ha ido agudizando, pero el pueblo y muchos en su iglesia siguen con el corazón endurecido y con los labios manchados de pecado.
Aunque reconocemos que hay un despertar en los venezolanos y la Iglesia ha venido creciendo, todavía no ha resultado en un cambio social, cultural, económico y espiritual que marque la diferencia en las diferentes esferas del país, que sigue oyendo, pero no entiende; que sigue viendo, pero no comprende que es de Dios que viene la solución y no de los hombres, sean estos políticos o gobernantes.
Muchos no creen en la voz profética de los Isaías en la Venezuela actual, antes bien, prefieren creer en los falsos profetas que hablan de suyo propio abundancia, paz y prosperidad, cuando en realidad el anuncio profético para este tiempo dice: juicio, sacudimiento y justicia para esta moribunda, pobre y desvalida Venezuela, para dar paso a la ‘nueva’, la que viene del mismísimo trono de Dios.
¿Hasta cuándo el endurecimiento?
La realidad de Judá de los tiempos de la muerte del rey Uzías es la misma que la de Venezuela actualmente:
«Yo dije: “¿Hasta cuándo, Señor?”. Y él respondió: “Hasta que las ciudades se queden asoladas y sin habitantes; hasta que no haya nadie en las casas, y la tierra quede hecha un desierto; hasta que el Señor haya expulsado a la gente y los lugares abandonados se hayan multiplicado en el país. Y si aún queda en el país la décima parte de sus habitantes, este volverá a ser destruido. Pero la simiente santa será como el roble y como la encina, que después de cortados aún queda el tronco”» (vss. 11-13).
¡Ya falta poco para que eso suceda en Venezuela! «El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice…».
A Dios gracias, hay una ‘simiente santa’ que irá en medio del caos, a pesar de que vivirá una feroz persecución, será guardada por el tres veces Santo Dios, porque esta se ha guardado en santidad para Él y porque en ese tiempo (que está a la vuelta de la esquina) ya Su carbón encendido habrá pasado primeramente por la boca de Su Iglesia y luego pasará por la de cientos de miles de venezolanos que buscarán de Cristo en medio del caos y del dolor que ya se apresura para entrar en escena.
¡Dios tendrá misericordia de Venezuela como siempre la ha tenido con Judá…!


