
La oración ocupa con fuerza un lugar en el mundo espiritual, pero orar choca con la naturaleza humana
Orar es difícil porque cuando lo hacemos estamos remontando la cuesta de nuestra propia vida. La vida de oración es afectada por nuestro intelecto y emociones. Los cristianos sabemos que “debemos” orar y hasta tenemos un concepto honroso de la oración. Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto hacerlo? La oración ocupa con fuerza un lugar en el mundo espiritual, pero orar choca con la naturaleza humana. Recordemos a Jesús en el Getsemaní: “¿No has podido velar una hora? … el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Marcos 14:37-38).
Debemos ser lo suficientemente humildes para aceptar sin discusión que cuando se trata de orar, tenemos un “problema” que está más allá de lo normal. Hay una resistencia de orden espiritual que generalmente es solapada por “actividades” de oración que responden a las estructuras eclesiásticas y a nuestros programas e intereses y no a los de Dios. El apóstol Santiago lo explicó muy bien: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:2). ¡Qué forma tan dramática de describir una crisis espiritual!
Cuando estés orando no te apresures, recuerda con quién estás tratando y ríndele primero toda la adoración y la alabanza de la cual el Señor es digno. Es el momento de rescatar el altar donde siempre Él nos espera para bendecirnos y transformarnos.


