Cuando nos acercamos a Dios tenemos que ser auténticos. Si lo que hay en el alma es rabia, pues ¡hay que confesarla!; si hay tristeza, Dios no nos obliga a sonreír
Los salmos nos muestran la variedad de temas que alimentan nuestra oración, según las diversas circunstancias de la vida. Hay reclamos de un alma desesperada que no puede suavizar su mezcla de dolor y duda: “Despierta; ¿por qué duermes, Señor?… ¿Por qué escondes tu rostro y te olvidas de nuestra aflicción y de la opresión nuestra?…” (Salmo 44:23-26).
Sigamos las palabras de David cuando mudó su semblante delante del rey Aquis: “Busqué a Jehová y Él me respondió y me libró de todos mis temores”. Observe que las palabras de este salmo son como una narración personal, porque la angustia es tan vieja como universal. ¿Ha sentido usted angustia alguna vez? Esas palabras forman parte de la vida moderna.
El capítulo 69 del Salterio, por cierto, es un grito de angustia y clamor por juicio para los enemigos de Israel, y también una muestra elocuente de los llamados Salmos Imprecatorios, que nos revelan la distancia moral que hay entre la ley mosaica y la gracia: “…Derrama sobre ellos tu ira y el furor de tu enojo los alcance…” (Salmo 69:22-24).
Cuando nos acercamos a Dios tenemos que ser auténticos. Si lo que hay en el alma es rabia, pues ¡hay que confesarla!; si hay tristeza, Dios no nos obliga a sonreír. Estos viejos salmos no envejecen porque retratan los conflictos del mismo hombre de todas las épocas. Los salmos nos guiarán a la bendición de la oración de escuchar a Dios y de saber que Él a su vez nos escucha.



