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Rescatemos a nuestros políticos… y también a nuestra política

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Este es el rescate más urgente en esta hora en Venezuela... / Imagen referencial generada por IA

Lo que para nosotros los cristianos evangélicos es un político del diablo, puesto por el diablo y servidor del diablo, para Dios es su funcionario, puesto para lo bueno, quien le debe sumisión

Si hay algo de lo más malo que las detestables fuerzas políticas impías, económicas, educativas, “intelectuales”, comunicacionales, sindicalistas, izquierdistas-criminales, “moderados”, “progresistas” o simplemente acomodaticias, pero todos impíos, le hicieron a nuestro país fue cultivar la “antipolítica selectiva”.
Para poner en contexto la lectura explico que, la antipolítica, es ese proceso, por medio del cual, espontánea, consecuencial o conspirativamente en una sociedad democrática, la confianza de la ciudadanía en sus políticos y en las estructuras y mecanismos políticos se deteriora, se degenera, se plaga de desconfianza, recelo, reservas y divorcio ideológico causando una crisis ciudadana que desestabiliza a un estado, a una sociedad y, por ende, a una nación.
En un país envenenado con la antipolítica surge la gran pregunta: ¿Si no gobiernan estos?, entonces, ¿quién gobernará?
Lo más ilógico para nosotros los cristianos evangélicos, especialmente, nosotros los pentecostales, es que por malformación somos antipolíticos (diferente al término “apolítico”). No es una doctrina bíblica, sino un dogma seudobíblico y seudoteológico basado en una incorrecta concepción del mundo no desde la óptica bíblica, sino aristotélica dualista: espíritu vs. materia. “Espíritu”, esfera de todo lo bueno. “Materia” esfera de todo lo malo.
Como consecuencia de lo antes dicho, para nosotros la política es material, del diablo, secular, carnal, pecaminosa y, por tanto, mala. ¡Caca! ¡Fote! Lo que surge de esta óptica errada, es la enseñanza de que ni la iglesia ni los cristianos debemos meternos en política. Una conclusión que resulta en una tamaña contradicción viviendo en una “tierra y su plenitud” que está bajo la soberanía del Rey de reyes y Señor de señores quien gobierna las naciones. Entonces, lo que para nosotros es un político del diablo, puesto por el diablo y servidor del diablo, para Dios es su funcionario, puesto para lo bueno, quien le debe sumisión y si prevarica haciendo todo lo contrario debe ser acusado ante Él, sentenciado, destituido y sustituido por uno que sí lo haga. ¡Que contradicción más contradictoria contra Dios la nuestra!
Esa contradicción en nosotros es nefasta para nuestra patria. Bajo ese paradigma erróneo de la relación Iglesia-Estado los cristianos evangélicos venezolanos y, especialmente, los pentecostales conservadores no representamos ayuda alguna para la nación. Me arriesgo a pronosticar que si nosotros los evangélicos logramos convertir a toda la nación en cristianos representaría la muerte de Venezuela como estado de derecho reconocido internacionalmente. Bajo este marco los venezolanos no cristianos deberían resistirse a nuestra evangelización. ¿Creen que exagero? ¿Que estoy diciendo una herejía?
En ninguna manera, porque si para la iglesia cristiana la política es del diablo y ganamos a todos para Cristo y los bautizamos como miembros de nuestras iglesias ¿quiénes serían los políticos que ejercerían la política en nuestra nación en todos sus niveles y esferas? ¿Quiénes ejercerían el poder ejecutivo en la presidencia, las gobernaciones, las alcaldías y las diferentes estructuras administrativas nacionales, regionales, municipales y locales? ¿Quiénes ejercerían el poder legislativo en la, por ahora, Asamblea Nacional, asambleas legislativas, consejos municipales y las demás estructuras administrativas? ¿Quiénes ejercerían el poder judicial en sus diferentes niveles y esferas desde el tribunal supremo de justicia hasta los demás tribunales y estructuras jurídicas del sistema y las demás estructuras administrativas? ¿Quiénes? ¿Acaso, exportaremos no cristianos para que ocupen esos puestos quedando gobernados por inconversos? ¿Exagero en mi pronóstico? ¿Estoy diciendo una herejía o revelando un hecho consecuencial de nuestra errada percepción?
Volviendo al marco general del asunto, los venezolanos sufrimos ese proceso de la antipolítica en el que participaron, en verdadera cayapa, diversas fuerzas y factores de nuestra sociedad incluyéndonos nosotros, los cristianos, como ya lo demostré. Me permito aclarar que utilizo el termino indígena venezolano “cayapa” no en su acepción positiva de cooperación, sino en su significado original: una asociación de personas para asesinar a otra. Dejo la confirmación de este significado a la curiosidad de mis buenos lectores con mentalidad indagatoria y crítica.
La campaña por la antipolítica en Venezuela fue una verdadera cayapa. Una horda de maquinadores del mal para nuestra nación se coludió entre sí como un Caín contra sus hermanos políticos que les eran opuestos y no sólo opuestos, sino incómodos para sus pérfidos planes contra nuestra nación. ¡Nos engañaron!
Nos envolvieron, nos encalamucaron, nos dieron un paquete chileno mentiroso contra nuestros políticos buenos, imperfectos, pero buenos la mayoría. Nos opusieron contra ellos que son la fuerza gubernamental de un país, los timoneles de una nación, los líderes llamados a representar nuestras ilusiones patrias, nuestros sueños de nación próspera y bonita, amable y amada. Nos echaron tierrita en los ojos. ¡Nos engañaron!
Exageraron porque nuestros políticos no eran perfectos, no eran ángeles (algunos debemos reconocer eran como demonios), pero eran perfectibles, condenables, algunos rescatables, los malos, juzgables, despedibles y sustituibles. Eran nuestros políticos, pero creímos la mentira pérfida de sus “políticos” oponentes conspiradores, sus cainitas, sus defenestradores que sólo querían quitarlos del camino porque les estorbaban a sus intereses, hoy más que probados por el implacable tiempo y la implacable historia que eran malos, pérfidos, destructivos, “estaticidas”. Hicieron leña del árbol caído y nosotros les ayudamos en eso. ¡Nos engañaron!
Nos envenenaron contra nuestros políticos, pero se cuidaron de que no los metiéramos a ellos en el mismo saco. “¡Aquellos son los malos!”, nos decían. Dejando tácito que ellos, por el contrario, eran los buenos. Emplearon la clásica filosofía del “quítate tú pa’pone’me yo”. Exageraron fallas, lo que en su peleón argot llaman “contradicciones”, escarnecieron a los imperfectos demócratas inventándose una mejor moral que “aquellos” supuestos escuálidos ladrones. No nos dimos cuenta que, en verdad, estaban practicando eso de que “el ladrón juzga por su condición”.
Nos mintieron para secuestrarnos el poder, primero, para destruir a nuestros políticos demócratas, estadistas, visionarios y sus estructuras, luego, para destruirnos a nosotros y sobrevivir ellos sobre nuestra ruina. ¡Que malos políticos! Su maldad confirmó aquello de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Resultó que los que dijeron que eran malos, muchos resultaron ser buenos. Fue una rebelión de náufragos y piratas. Y los que elegimos por ser supuestamente los más buenos no sólo resultaron ser los malos, sino que eran los peores.
En esa presumida “santa inquisición” muchos de nuestros buenos políticos fueron defenestrados, perseguidos, vilipendiados, encarcelados. Pagaron justos y pecadores, pero el tiempo y la historia han sido sus mejores abogados y si hay algo que debemos hacer cuando gestemos el nuevo nacimiento patrio es colocarlos en el pedestal que se merecen estén muertos o estén vivos. Fueron y son nuestros verdaderos políticos. Por el contrario, estos han sido nuestros verdugos, arruinadores, secuestradores, explotadores y dictadores.
Nos siquitrillaron a nuestros políticos y sus partidos como para que no los volviéramos a amar y apoyar. Nos maleducaron para desconfiar de ellos, para que sólo amáramos a estos, los disfrazados de buenos, los que nos prometieron pan y circo, villas y castillos, pero terminaron arruinándonos no sólo a nuestros políticos y a nuestra nación, sino a nosotros mismos y con ella a nuestra conciencia nacional, a nuestra conciencia ciudadana, a nuestra ciudadanía, pues.
Estos fratricidas nos redujeron a simples proletarios, destituyéndonos de nuestra posición soberana. Así, dejamos de ser los reservorios de soberanía como lo expresa el artículo 5 de nuestra constitución. Nos convirtieron en medios y servirles, sometidos, ni siquiera gobernados, sino simples piezas de su negro ajedrez, peones de su caudillismo, esclavos necesarios para su placer megalómano, su gusto por el control social y el uso abusivo del poder.
Nos engañaron. Nos hicieron entregarle el poder político (aunque muchos no lo hicimos). Un poder que nos es propio a los ciudadanos y que solo se los concedemos como poder delegado para que nos gobiernen y timoneen hacia la visión nacional próspera y desarrollada. Pero nos engañaron con cantos de sirena. Otra vez nos truequearon baratijas por el oro de nuestro poder electoral y se lo dimos. Aunque muchos sentimos la satisfacción de no haber caído en esa trampa, otros pocos cayeron por ingenuidad, pero la mayoría cayó por despecho social y político.
Y fue así, porque, como los chismosos del barrio, estos criminales disfrazados de políticos nos metieron cizaña contra nuestros verdaderos políticos con quienes nos habíamos casado. Lo lograron. Nos separaron de ellos, nos llevaron al despecho, nos hicieron botarlos de este hogar patrio para enconcubinarnos con estos votando castigo. Ni siquiera llegamos a ser barragana. Ese mal llamado ¡voto castigo! ¡Quién lo diría! hizo que los castigados fuéramos nosotros. ¡Que estupidez!
Que no nos engañen más. ¡Nunca más! Llegó la hora del rescate de nuestros políticos. No se trata de un simple, odioso y cínico “supéralo y perdónanos”, porque hay que hacer justicia del antipolítico y del mal político. Pero si es el momento hoy de dejar el despecho, de tomarnos un café bien cargado que nos quite el guayabo sociopolítico que se nos indujo con mentiras para traernos hasta aquí por dejarnos convertir en antipolíticos. Nos autosentenciamos a la ruina nacional al entregarle a unos mafiosos y forajidos el valioso don del poder para gobernarnos. Espero que hayamos aprendido la lección de la valiosa propiedad del don del poder soberano que nos legó Dios. Es necesario que nos desengañemos que nos desintoxiquemos de la perfidia antipolítica selectiva y nos nutramos de política, de la buena política.
Venezolanos, como la dama que somos, desde ahora debemos pensar bien con quien nos casamos y a quien le damos nuestra virtud. Llegamos a aquel momento, un verdadero examen histórico crucial, prendidos del deseo de un mejor porvenir. Creímos que lo podíamos lograr de la mano de quienes nos ofrecieron un paraíso y terminaron dándonos trata de personas. Nos quitaron nuestra identidad. Ya no éramos nosotros, sino lo que ellos mal quisieron que fuéramos. Nos trataron como una burda mercadería y nos entregaron a perversos que solo querían disfrutar de nuestra belleza y nuestras virtudes patrias. Violaron nuestra virginidad nacional y la trataron bárbaramente como unos degenerados. Gente sin gracia. ¡Desgraciados de toda desgracia!
Pero, podemos cambiar esta situación. Así como le dimos poder a los malos, ahora podemos darles poder a los buenos. Debemos demostrar que hemos aprendido. Llanero que es pica’o de culebra cuando ve un bejuco se asusta. Nosotros de aquí en adelante no debemos asustarnos, debemos ponernos en guardia, debemos ejercer nuestro derecho soberano de poder sobre nuestros funcionarios desde los más altos cargos hasta el más bajo. Debemos ejercer el discernimiento político para elegir sólo a los mejores, exigirles cuenta de su accionar, destituirlos cuando lo ameriten, premiarlos, promoverlos, ascenderlos y reconocerlos cuando lo merezcan. Pero debemos recuperar nuestros políticos y a nuestras estructuras políticas.
¿Qué principios nos provee la Biblia cuna del poder gubernamental del mundo y, por tanto, de la política para la cual debe serle manual y medio de reciclaje y renovación?
El primero que salta a mi mente es el de la sabiduría paralela antitética de los proverbios: «Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime». De la segunda idea no tengo mayor explicación que dar, porque los venezolanos la hemos vivido o, mejor dicho, “gemido” en carne propia en estos fatídicos 27 años. Durante ese oscuro pasaje de nuestra historia contemporánea venimos siendo dominados por los peores impíos de toda impiedad que pudo haber parido esta patria muy para nuestro mal.
Pero si debo resaltar un aspecto que nos interesa por su valor disuasivo para el futuro de nuestras relaciones con los políticos venezolanos. El término hebreo traducido en el pasaje se refiere a ‘estar equivocado’, ‘hacer equivocado’, ‘declarar equivocado’ y, también, connota la idea judicial penal de una persona que ha sido condenada a muerte como pena capital por delitos capitales. Que contundente definición para procesar, evaluar y juzgar a quienes se pretendan con moral para recibir nuestro poder delegado para gobernarnos.
Desde esta óptica proverbial bíblica y, por tanto, divina, superior, autoritativa y referencial, un impío que gobierna es entonces, un perfecto equivocado que equivoca el criterio y el juicio llamando a lo bueno malo y a lo malo bueno, que en vez de ver ciudadanos ve a unos como secuaces para su pandilla y a otros como víctimas para expoliar transformando al Estado en un malévolo pranato.
Un impío que gobierna desde esa misma óptica es también un delincuente sentenciado, un malandro, un mafioso que se hace del poder para delinquir. Busca el poder, sólo para instrumentalizarlo a su favor, corromperlo, “malandrizarlo” como esta en tendencia hoy en el mundo, especialmente en Latinoamérica, cuyos principales casos encontramos en Haití, varios casos en El Salvador, Cuba desde más de 60 años, Nicaragua, Bolivia en las anteriores gestiones, Argentina en los gobiernos del kirchnerismo, Ecuador bajo el correísmo, más recientemente Colombia con el actual presidente y pasó, muy para nuestro mal, aquí también, en nuestra bella Venezuela, nuestra hermosa tierra de gracia apenas en su etapa de adolescente. Con tanta criminalidad y barbarie institucionalizada la envejecieron antes de tiempo. ¡Que impíos fueron estos! ¿Que bello útero envilecieron y deshonraron estos fratricidas con su mala conducta? Dios nos libre otra vez de ellos.
Ya en positivo también me llama la atención el concepto bíblico proverbial de la primera línea del proverbio antitético contrastante: «Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra» (Proverbios 29:2). Otra vez, de modo coherente el Espíritu Santo, evidenciando la inspiración divina inteligentísima de toda inteligencia, toma un término del glosario jurídico y lo aplica de modo positivo al ámbito político gubernamental como perfil ideal, el modelo a buscar. En esa sola y sencilla línea proverbista el Espíritu Santo, inspirador del escritor bíblico, imprimió con letras doradas para la posteridad un término del hebreo antiguo: “tsaddeq” (‘justo’).
Para darle contexto a nuestro intelecto con visión bíblica debo explicar que “tsaddeq” es una palabra derivada del término hebreo para “justicia”. En el contexto del pasaje leído se refiere a ‘inocente’ (no en el sentido de no tener naturaleza pecadora, sino de no ser culpable en un juicio), además, califica a una persona que ‘procede con justicia’, vive ‘ajustado a derecho’, una ‘persona recta’. Comparado con el “impío”, del que hablamos antes, connota la idea judicial penal opuesta, pero positiva de una persona que en vez de ser condenada a muerte como pena capital en un juicio es absuelta por no hallársele culpabilidad alguna. Es declarada justa. No tiene culpa.
En comparativa, desde la perspectiva del justo gobernando, no nos gobernaría un delincuente ni un sentenciado a la pena de muerte por ser culpable, sino una persona recta, proba, intachable, no glorificada ni perfecta, pero si ajustada a derecho, recto en su proceder, apegado al marco jurídico que lo regula. Otra vez, Dios nos da una contundente definición con valor jurídico y legal que nos sirve de regla para medir, procesar, evaluar y juzgar a quienes se pretendan con moral para recibir nuestro poder delegado para gobernarnos. ¡Que perfil más perfecto de un gobernante justo e ideal!
He apelado, apenas, a una minúscula parte del basamento bíblico teológico que define y sustenta la doctrina divina del gobierno humano. Sobre esta pequeña base podemos proyectarnos hacia el rescate y construcción de nuestros verdaderos políticos y sus estructuras. Un esfuerzo que nos sirva para retomar el camino de las grandes democracias del mundo e incluso ser mejores. Debemos, tenemos y podemos volver a hacer filas con ellas para plantar cara a las tiranías transnacionales como China, Rusia, Irán, Corea del Norte que amenazan el mundo libre hoy.
Vueltos al camino democrático tenemos que poder elegir realmente. Que otra vez las opciones electorales sean no para elegir el mejor de entre los malos, sino el mejor de entre los mejores. Que deseemos, más bien, elegirlos a todos como una especie de poder colectivo no marxista, sino colegiado regido por la meritocracia y la excelencia del liderazgo en todos los elegibles que hayan demostrado con creces que su verdadero derrotero es nuestro bienestar común, que hayan entendido, como ya debieron entender, que facilitándonos el desarrollo como ciudadanos pensantes, responsables, autónomos y productivos propiciarán el bienestar para todos y cuando esto ocurra recibirán ellos también su propio bienestar en un círculo ciudadano virtuoso que caracteriza a las naciones desarrolladas. ¡Que bendición sería!

          «Yo les daré gobernantes que
            actúen como a mí me gusta,
            para que los guíen con sabiduría
            y con inteligencia».
                            Jeremías 3:25 (TLA)

  «Cuando los justos dominan,
            el pueblo se alegra».
                                       Proverbios 29:2

¡Rescatemos a nuestros políticos y a nuestras estructuras políticas! Yo me anoto por los justos. ¿Y tú?
Iniciemos esa necesaria reflexión y ese urgente diálogo que le adeudamos a nuestra patria. Comparte este artículo con tus pastores y líderes, y sígueme para más reflexiones sobre este importante tema.

Giovani Pelayo
Pastor y maestro

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