Así reza una sabia frase que describe la condición innata de las personas. Es decir, da por sentado que el poder y el dinero son una especie de ácido que descubre con perfección la condición espiritual de cada persona.
Narra la Biblia que “con la poderosa ayuda de Dios, Uzías, rey de Israel, llegó a ser muy poderoso y famoso. Sin embargo, cuando aumentó su poder, Uzías se volvió arrogante, lo cual lo llevó a la desgracia. Se rebeló contra el Señor, Dios de sus antepasados, y se atrevió a entrar en el templo del Señor para quemar incienso en el altar. Dios le envió una lepra y puso fin a su prepotencia”.
Oremos: Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si tengo algún mal pensamiento y guíame por el sendero que me lleva hacia ti. Quita de mi toda arrogancia, prepotencia y altivez y lléname de humildad y sencillez.
Que el dinero y el poder no me hagan cambiar jamás. En el nombre de Jesús. Amén.
Dios te bendiga.



