
Ya dejemos de ser niños fluctuantes y asumamos nuestra responsabilidad ante Dios y el país, porque la culpa de lo que pasa es nuestra, nosotros somos la autoridad de Dios en Venezuela, no los gobernantes y políticos
Venezuela está muy enferma. Gravemente enferma. Está a punto de ser ingresada a terapia intensiva, bajo pronóstico reservado. Como todo enfermo, necesita la atención y el cuidado de médicos especialistas. Su enfermedad viene desde hace décadas, pero en los últimos tiempos se ha venido agravando; y como la inmensa mayoría de las enfermedades, la de Venezuela también tiene su origen en lo espiritual.
Todos, absolutamente todos los males y enfermedades tienen un origen espiritual satánico, que comenzó en el génesis mismo del mundo, cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios y pecaron, trayendo sobre la humanidad enfermedades, maldiciones y muerte.
Un pueblo enfermo produce una sociedad enferma y esta un país enfermo. Cuando la enfermedad es grave lleva a la persona o al país a la muerte; así quedó establecido en la sentencia divina en el Edén (Génesis 3), y, lamentablemente Venezuela no escapa a esta verdad.
Sin embargo, Dios Padre envió a su Hijo Jesucristo para que ocupara nuestro lugar y nos redimiera de la maldición de la enfermedad, el pecado y la muerte, hecho por nosotros maldición; por sus llagas hemos sido nosotros curados y por su muerte y resurrección ahora toda aquella persona y país que le reciba por la fe como su único Señor y Salvador, es sanada y salva.
Quienes le recibimos fuimos convertidos en los dispensadores de salud espiritual a las personas y a la nación. Como pueblo de Cristo fuimos constituidos como solución, no como problema. Cuando conocemos la patología, pero no aplicamos la medicina de la Palabra de Dios, pasamos de ser bendición en parte de lo que causa la enfermedad.
Cuando el rey Salomón iba a inaugurar el templo (que hoy es el cuerpo de Cristo, la Iglesia) que construyó en Jerusalén y dedicárselo al Señor, tras los sacrificios de dedicación, recibió en sueños una instrucción de Dios:
«Yo he escuchado tu oración y he elegido para mí este lugar como casa para los sacrificios. Si cierro los cielos de modo que no haya lluvia, o si mando la langosta para que devore la tierra, o si envío peste a mi pueblo; si se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, si oran y buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra. Ahora mis ojos estarán abiertos y mis oídos atentos a la oración hecha en este lugar» (2 Crónicas 7:12-15).
La Iglesia de Cristo es la depositaria de la gracia, la unción, la autoridad y el poder de Dios para actuar en el nombre de Jesús, pero si esta en vez de ser santa e intercesora, se parcializa políticamente, practica o se hace de la vista gorda ante los mismos pecados que tienen enferma a Venezuela, entonces las consecuencias espirituales y físicas (sociales) serán muy graves, de pronóstico reservado.
Dios nos ha venido dando instrucciones proféticas desde hace más de cuatro décadas para que intercedamos y Él perdone y sane a Venezuela, pero antes bien, mucho de su pueblo ha escogido aliarse al mundo, parcializarse políticamente y hacerse de la vista gorda ante el pecado que mantiene enferma y cada día agrava más la salud del país.
A pesar de que sus «ojos están abiertos y sus oídos atentos a la oración hecha en este lugar (su iglesia)» nuestra falta de arrepentimiento, nuestras vestiduras manchadas y nuestra división política han levantado una muralla entre nosotros y Dios, al extremo de que pareciera que todos los actos espirituales que hacemos no surten efecto, porque Venezuela no sólo sigue enferma, sino que cada día se agrava más y la sangre que mana de sus heridas está tiñendo de rojo sus calles.
¿Qué parte de la Biblia no hemos entendido todavía? ¿Por qué seguimos divididos por las circunstancias generadas por el diablo? ¿Por qué seguimos luchando contra seres humanos, si nuestra lucha es eminentemente espiritual? ¿Cuándo nos arrepentiremos genuinamente para ser sanados y restaurados, y así sanar y restaurar a Venezuela? ¿Es que acaso se nos olvidó que somos sal y luz de este mundo perdido?
Recordemos lo que expresa el apóstol Pedro: «Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios. Y si primero comienza por nosotros, ¿cómo será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y si el justo con dificultad se salva, ¿en qué irá a parar el impío y pecador?» (1ª Pedro 4:17-18).
Si los llamados a ser los administradores de la sanidad, prosperidad y bendiciones del Señor al país, no nos alineamos con Dios en humillación y arrepentimiento genuinos, entonces Venezuela seguirá agravándose hasta entrar en terapia intensiva y será ahí entonces cuando corramos y nos tiremos a los pies de la cruz a clamar por perdón, sanidad y restauración.
Ya dejemos de ser niños fluctuantes y asumamos nuestra responsabilidad ante Dios y el país, porque la culpa de lo que pasa es nuestra, nosotros somos la autoridad de Dios en Venezuela, no los gobernantes y políticos; el que está en nosotros es mayor que el que está en el mundo, de manera que, si no actuamos de inmediato bajo los lineamientos de las Sagradas Escrituras, entonces le estaremos relegando nuestra nación al enemigo para que la termine de destruir.
La enfermedad de Venezuela, repetimos, es espiritual; el alma de la nación está enferma y eso se refleja en el plano físico. Urge que nos pongamos la armadura espiritual y demos la gran y épica batalla contra los poderes infernales que la tienen postrada y amenazan con terminar de matarla.
En Cristo somos más que vencedores, enarbolemos la bandera de la victoria del Calvario sobre Venezuela. El Señor la puso en nuestras manos, vayamos en su nombre a la conquista de lo que Él ya ganó para nosotros y nuestra amada nación.
Georges Doumat B.


