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Declaraciones que no obligan a Dios

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Es preciso entender que nuestras “declaraciones” carecen de autoridad, a menos que Dios esté de acuerdo con ellas / Imagen de generación propia usando IA

Absolutamente no es verdad que el Señor nos va a conceder todo lo que le pidamos, a menos que esa petición satisfaga lo que Él, quiere para nosotros

Hay una tendencia algo perniciosa que hemos percibido entre los cristianos de hoy, nos referimos a la novedosa costumbre de “declarar”, en oración situaciones que nos favorecen, como si el hecho de hacerlo así fuese una garantía suprema de que, en efecto va a ocurrir. El problema con esa postura es que refleja un desconocimiento de cómo es que Dios se comporta.
Esas manifestaciones son modas tendenciosas que se ponen en boga en los corrillos de la iglesia, acicateadas por la influencia de algún predicador de turno. Son ideas graciosas que invitan a las personas a creer que tienen un poder ilimitado de obtener cosas y favores de Dios por el sólo hecho de expresarlo oralmente; como si la palabra humana tuviera por sí misma, un poder mágico capaz de producir cualquier milagro, ignorando la voluntad y la soberanía de Dios. Es preciso entender que nuestras “declaraciones” carecen de autoridad, a menos que Dios esté de acuerdo con ellas.
Vamos a comenzar por el principio para no confundirnos: Dios es soberano; Él es amor, quiere bendecirnos, quiere que le pidamos y también quiere que hagamos su voluntad revelada en su Santa Palabra y confirmada a través del Espíritu Santo. Absolutamente no es verdad que el Señor nos va a conceder todo lo que le pidamos, a menos que esa petición satisfaga lo que Él, quiere para nosotros. Oigamos cómo lo dice la Sagrada Escritura: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye” (1ª de Juan 5:14).

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Néstor Alejandro Blanco
Pastor, teólogo, docente, locutor, escritor, autor de los libros Una Cita en el Altar, Lluvia Sobre la Hierba y Radiografías del Alma, además de numerosas publicaciones para la prensa cristiana, así como de material de crecimiento espiritual para la iglesia. Nacido en Caracas, Venezuela, actualmente reside en Santo Domingo, República Dominicana. Está casado con Rafaela Flores y es padre de dos hijos, Néstor Rafael y Néstor Alejandro.

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