
La voluntad soberana de Dios va a estar siempre por encima de nuestros gustos, deseos, anhelos, e incluso de nuestra fe
Es necesario que reconozcamos con honestidad que tenemos problemas con nuestras peticiones. Ya nos lo dijo el Señor: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3). Comprendamos que todas nuestras peticiones tienen una motivación y que esta podría no ser sana; que puede no convenirnos y, en consecuencia, el Señor no nos la concede, ¡aunque lo declaremos!, justamente, porque Él es bueno.
La voluntad soberana de Dios va a estar siempre por encima de nuestros gustos, deseos, anhelos, e incluso de nuestra fe. En el Getsemaní, Jesús le pidió al Padre algo de tal naturaleza, que, si Dios se lo hubiese concedido, nosotros no fuésemos salvos: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:41-42).
La voluntad de Dios, en este caso, pasaba por el indescriptible sufrimiento moral de Jesús para que nosotros pudiésemos entrar a su Reino. En esa crucial circunstancia Cristo no declaró nada, sino que se sometió a la voluntad del Padre, porque eso era lo mejor. Algunas de nuestras plegarias están teñidas de un tono inmediatista y utilitario; como si Dios está a nuestra disposición para darnos incondicionalmente cualquier cosa que le solicitemos. El Señor espera que le pidamos preguntando, tal como lo hizo Jesús, qué es lo que Él, como nuestro Padre, desea darnos.


