La Palabra de Dios nos está diciendo que, todo lo que le hacemos al prójimo quien quiera que este sea, lo estamos haciendo a Dios
“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).
Cuando Judas el traidor entregó a Jesús, tuvo que señalarle a los que venían a apresarlo, quién era Jesús dándole un beso. Esto nos indica que Jesús tenía una apariencia común, su presencia no sobresalía de los demás, ni sus ropas, ni su porte eran diferentes. Cuando Felipe le pidió que le mostrara al Padre, Jesús respondió: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?” (Juan 14:9).
Lo anterior no es otra cosa que, somos creados a la imagen y semejanza de Dios, y que lo que dice la Biblia no es simbólico, sino que realmente la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra. Así que nadie puede aborrecer a su prójimo, hecho a “imagen y semejanza de Dios”, y al mismo tiempo amar a Dios. Por eso Juan escribió: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1ª Juan 3:15). La Palabra de Dios nos está diciendo que, todo lo que le hacemos al prójimo quien quiera que este sea, lo estamos haciendo a Dios, eso es lo que nos dice también nuestro texto inicial; “de cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
No podemos rechazar o aborrecer a alguien y tener comunión con Dios, pero sí seremos recompensados, por todo el bien que hagamos al prójimo. Es el momento de sacar del corazón, resentimientos, rencor, odio; es también el momento de perdonar y librarnos de esa carga dejando atrás todo mal. Sigamos adelante como nuevas criaturas en Cristo, para caminar en el mundo luminoso de Jesús.
¡Dios te bendiga!!!



