Desde siempre se ha enseñado que la vida es un periplo en el cual el hombre nace, crece, se reproduce y muere. Quien asume la vida desde esta estricta y básica descripción, estará “condenado” a desenvolverse en un nivel básico en el cual nada trasciende más allá de lo que sus ojos puedan observar.
Este fue el caso de Esaú, el hijo mayor del patriarca Isaac, quien nunca entendió la importancia de ser primogénito ni por qué tan honorable estatus constituye una bendición de parte de Dios. “De todas formas voy a morir; ¿de qué me sirve ser primogénito?”, fue su banal respuesta cuando su hermano menor Jacob le propuso que le compraba el derecho de ser primogénito por un plato de lentejas.
Jacob sí estaba claro que la bendición de Dios va mucho más allá de lo que se ve o se palpa. Luchó por una bendición que, aunque intangible, trasciende y gobierna el futuro. Peleó con un ángel hasta lograr que le cambiara el nombre de Jacob por el de Israel. Algo aparentemente intrascendente. Pero hablar de Israel hoy día son “palabras mayores”.
Dios te bendiga.



