Por alguna razón oculta en nuestro interior, cuando oramos tratamos de usar palabras “adecuadas” que escondan la verdadera condición en que nos encontramos
El contenido de la oración siempre ha preocupado innecesariamente a los cristianos. Hay una carga de tradición religiosa que nos centra en las formas que tienen que ver con el cómo y el cuándo, tal como les sucedía a los discípulos primigenios. Debemos aprender que para nuestro Dios esas formas no tienen el valor que nosotros le concedemos. Él le otorga más importancia a las intenciones y a las condiciones del corazón que a las palabras impuestas por años de tradiciones y repeticiones formales.
Por alguna razón oculta en nuestro interior, cuando oramos tratamos de usar palabras “adecuadas” que escondan la verdadera condición en que nos encontramos. Nos sorprenderá saber que Dios no nos exige tal cosa. No hay ninguna razón para que modifiquemos lo que el alma siente ni cómo lo siente al orar. Con David, Asaf, Moisés y los hijos de Coré, aprenderemos a leer las profundidades del corazón del hombre cuando en su pequeñez se acerca a su Creador sin formatos ni rigideces aprendidas en los atrios de la escuela que nos enseña a un Dios desconocido.
La gracia y el milagro de la oración es para nosotros un encuentro con el mundo de Dios; pues bien, el libro de Salmos tiene mucho de ese encuentro personal con el cual podemos nutrir nuestra experiencia devocional: “Escucha, Oh Jehová, mis palabras; considera mi gemir. Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, porque a ti oraré. Oh Jehová, de mañana oirás mi voz, de mañana me presentaré a ti y esperaré” (Salmo 5:1-3).



