
Si queremos dar un salto de la religiosidad a la relación personal con Dios, es preciso rescatar esa joya de la oración que ha estado cubierta de polvo en los rincones eclesiásticos de nuestra fe
Hay que sacar a la oración de esa quincallería religiosa que la disminuye y la iguala a un rezo con visos de magia, para ubicarla donde le corresponde, es decir, una expresión divina entregada por Dios a la humanidad para establecer una relación personal con Él.
Es preciso superar esta postración tradicionalista de la oración que nos ha permitido vivir años en la iglesia, desconociendo las riquezas que están esperándonos en el manantial de la presencia de Dios. La iglesia debe asumir la enseñanza de la oración y los cristianos debemos ser diligentes en aprender a orar. No estamos hablando de posturas corporales, de palabras específicas, ni de “horas” especiales. Todo eso es solamente envoltura cultural pasajera y en consecuencia, secundaria.
Si deseamos continuar como estamos, entonces no tenemos nada que aprender. Pero si queremos dar un salto de la religiosidad a la relación personal con Dios, es preciso devolvernos para rescatar esa joya de la oración que ha estado cubierta de polvo en los rincones eclesiásticos de nuestra fe. Una oración debe significar primeramente un cambio que comienza en nuestro corazón; lo demás viene solo; lo demás lo hace Dios.


