
Las “actividades” que rodean a la oración son menos importantes que decidir venir a estar en la presencia de Dios, sin que para ello nos convoque una tradición religiosa, una costumbre, una crisis o una “necesidad” puntual
Tenemos que experimentar un intenso proceso de transformación interior para que nuestro andar con Dios llegue a ser una vida de oración. Para eso no hay que convertirse en un místico contemplativo, ni estar a “tiempo completo” en un ministerio. Hay muchos momentos de nuestros días que podemos disponer para venir a la presencia de Dios y, simplemente, ¡no lo hacemos!, porque sentimos que en esas ocasiones no tenemos nada que pedir o nadie por quien “interceder”.
Hemos querido “meter” a la oración en una metodología que no nos funciona. Podemos “estudiar” la oración, leer libros acerca de ella, acudir a talleres, enseñar a otros; y hasta convertirnos en reconocidos intercesores. Todo eso lo podemos hacer sin tener vida de oración y ¡no nos sirve de mucho! ¿Saben por qué? Porque lo más importante en el proceso de la oración es encontrarse con Dios.
Las “actividades” que rodean a la oración son menos importantes que decidir venir a estar en la presencia de Dios, sin que para ello nos convoque una tradición religiosa, una costumbre, una crisis o una “necesidad” puntual.
Esas actividades son buenas, pero no pueden sustituir a la oración que produce una avalancha de la presencia de Dios. “Cuando Salomón acabó de orar… la gloria de Jehová llenó la casa. Y no podían entrar los sacerdotes en la casa de Jehová, porque la gloria de Jehová la había llenado” (2 Crónicas 7:1-2).
¡Señor: Queremos con pasión tu presencia formidable!


