
Maldecir siempre será desde la posición del ser humano una tentación a vencer, la cual nunca estará justificada, y practicarla nos expone a la reprensión divina
“Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis…” (Romanos 12:14).
El hombre es el único ser creado que tiene en su boca el poder de dar vida o dar muerte, pues ha sido investido de autoridad por el ser supremo.
Bien dijo el proverbista “La muerte y la vida están en poder de la lengua…” (Proverbios 18:21. RVR1960), a lo cual añade el apóstol Santiago, hablando de la necesidad de controlar los dichos de nuestra lengua, el hecho de que “…con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:9-10. RVR1960).
Rescatando la frase final de las palabras de Santiago, este nos dice, referente al hecho de que de una misma boca proceda bendición y al mismo tiempo maldición, con énfasis añadido nos recalca Santiago que esto no debe ser así.
Al llevarlo al contexto actual, maldecir no sólo se circunscribe a la expresión oral, sino que también incluye las gesticulaciones corporales, así como las manos que escriben, esculpen, pintan o firman.
La maldición lleva implícita no sólo una sentencia, sino también una intensión del corazón que ante la afrenta o la ofensa se inflama y emite juicio; ante lo cual también el cielo nos advierte y nos llama a la reflexión a través del mismo Santiago: “Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?” (Santiago 4:12. RVR1960).
En tal caso, el único facultado para emitir juicio de maldición, es aquel que ha prescrito la ley y la sustenta, por lo cual el Dios Eterno y Verdadero inspiró al apóstol Santiago para instruirnos “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez” (Santiago 4:11. RVR1960).
El hombre tiene constantemente la tentación de emitir con ligereza juicio sobre su prójimo, y aun cuando a nadie le gusta ser juzgado, tendemos a hacerlo; no obstante juzgar es una espada de doble filo, pues, aunque nada nos detiene de juzgar a los demás, si lo hacemos debemos estar preparados para ser juzgados a cambio, razón por la cual el Maestro nos instruye diciendo: “Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os volverá a medir…” (Mateo 7:2. LBLA).
Un dicho conocido dice: “las maldiciones son como las procesiones, por donde salen se recogen”, lo cual es una expresión de la sabiduría popular que más que recitarla nos debe llevar a practicarla.
Entendiendo lo citado, no debemos condenar a los demás o considerarnos moralmente superiores a los otros, mas esto no nos exime de la facultad de corregir a los demás y dejar que los demás nos corrijan a nosotros, ya que no es lo mismo juzgar que corregir.
Por ello en Mateo 18,15-18, Jesús dice:
“Si tú hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”; y para el caso de situaciones donde el transgresor se resiste a la corrección Jesús nos muestra el camino a seguir “…mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mateo 18:16-17. RVR1960).
Maldecir siempre será desde la posición del ser humano una tentación a vencer, la cual nunca estará justificada, y practicarla nos expone a la reprensión divina; por tanto, practicarla denota una falta de carácter y de sabiduría en nuestra vida.
Ante la tentación de maldecir y juzgar, concluimos con las palabras del apóstol Pablo “Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás, pues al juzgar a otros te condenas a ti mismo, ya que practicas las mismas cosas” (Romanos 2:1).
Diego Ortiz
Pastor y comunicador
@ps.diegoortiz


