Así como los niños no entienden siempre el NO de los padres; tampoco “los padres” entendemos siempre el No de Dios
La mayor parte de las oraciones que hacemos están dominadas por un sentido que valora exageradamente la utilidad; por eso, al hacer oraciones, generalmente buscamos un beneficio de cualquier naturaleza. Es como si creyéramos que Dios está en el cielo sólo para complacernos. La oración tiene buena fama. Muchos de nuestros amigos no creyentes nos piden oración por sus necesidades, y Dios es tan bueno que las suple.
Dios no lo hace porque la gente es buena, sino porque Él es bueno. Sin embargo, algunos creyentes se sienten frustrados cuando no reciben lo que desean. La manera como lo expresan es que El Señor no me responde, hace tiempo que le estoy orando por esto y no me ha contestado. Se asombrarían si Dios les dijera: Hijo, ¡claro que te respondí, hace mucho tiempo te dije que no!
¿De dónde sacamos la idea de que Dios siempre responde con un sí? Acerquémonos a las Sagradas Escrituras y oigamos hablar al Señor: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3). Dios nos está diciendo que muchas veces hacemos peticiones infantiles que, obviamente, como el Padre amoroso que Él es, no puede complacernos, porque nos harían daño y ni siquiera nos damos cuenta de que no nos convienen. Sería injusto decir, entonces, que Dios no nos respondió. El NO de Dios también es una respuesta y, créalo, es su mejor respuesta. Así como los niños no entienden siempre el NO de los padres; tampoco “los padres” entendemos siempre el No de Dios.



