Cuando Dios permite que la vida se sacuda, no está inventando una prueba nueva: está revelando sobre qué estuvo puesta nuestra fe desde el principio
Cuando la tierra tiembla, Dios sacude el corazón del hombre. Existen instantes que el Señor utiliza como un bisturí espiritual: momentos violentos que interrumpen el letargo de nuestra rutina para recordarnos una verdad que preferimos ignorar: nuestra fuerza es limitada, el control es una ilusión cuidadosamente sostenida y todo lo terrenal, por sólido que parezca, puede colapsar en un abrir y cerrar de ojos.
Esta realidad no es un accidente cósmico; es un principio divino trazado desde antiguo en la Escritura. Por medio del profeta Hageo, el Señor ya lo había anunciado:
«Una vez más, dentro de poco, yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca… y haré temblar a todas las naciones» (Hageo 2:6-7).
Este sacudimiento no es fortuito ni caprichoso; es la soberanía de Dios operando como un fuego purificador sobre nuestra existencia. Como bien explica el autor de Hebreos, la expresión «una vez más» indica la remoción de las cosas movibles, lo terrenal y efímero, para que permanezca lo inconmovible (Hebreos 12:27). Dios remueve lo frágil, nuestros ídolos, nuestras falsas seguridades y la arquitectura hueca de lo que llamamos éxito, para dejar al descubierto lo único que jamás podrá caer: su Reino, su gracia y su fidelidad inmutable.
LA TORMENTA REVELA EL FUNDAMENTO
El ser humano suele vivir acelerado, edificando su identidad sobre el orgullo, la riqueza o incluso el activismo religioso, ignorando la advertencia del apóstol Juan: «El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1ª Juan 2:17). Corremos desesperados tras lo que se puede perder, precisamente porque hemos olvidado lo que es eterno.
Jesús ilustró esta verdad con una enseñanza magistral: la parábola de las dos casas (Mateo 7:24-27). Una fue edificada sobre la roca; la otra, sobre la arena. Bajo el sol de los días tranquilos, ambas lucían idénticas. Nadie podía distinguir a simple vista cuál sostenía una vida real y cuál era una simple fachada. Pero descendió la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y golpearon con furia contra aquellas casas… y sólo entonces se hizo evidente lo que siempre fue cierto. La tormenta no creó la debilidad del fundamento; simplemente la sacó a la luz.
Cuando Dios permite que la vida se sacuda, no está inventando una prueba nueva: está revelando sobre qué estuvo puesta nuestra fe desde el principio.
FIRMES SOBRE LA ROCA
Por eso el salmista, que conoció el temblor en carne propia, pudo declarar con una convicción nacida en el crisol de la experiencia:
«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar» (Salmo 46:1-2).
Notemos la lógica de este pasaje: no promete que la tierra dejará de temblar, sino que el hijo de Dios no temerá, aunque todo se derrumbe. El cristiano no teme al sismo porque su vida ya no depende de la firmeza del suelo que pisa; su vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3), en un refugio inexpugnable donde ningún terremoto puede llegar.
Sin embargo, esta firmeza no se improvisa en el momento de la angustia. Se cultiva día a día, en el silencio de la oración, en la obediencia cotidiana a la Palabra y en la comunión constante con Aquel que es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Hebreos 13:8). Nadie edifica sobre la roca mientras la tormenta descarga su furia; se edifica antes, cuando el cielo todavía está despejado y nadie nos está mirando.
Al final, cuando todo lo terrenal sea conmovido y caigan las estructuras que con tanto afán levantamos, sólo una cosa quedará en pie: aquello que fue edificado por la fe sobre la Roca inamovible, que es Jesucristo.
Tu hermano y amigo.
“El ciego que ve”
Shalom Ubrajot Lekulám — Paz y Bendiciones para todos.
Amén y amén.
José Cheo Lobatón
Pastor y maestro

