Sólo resta esperar el alta médica para que caminen juntas por las calles la madre, Venezuela, y su hija amada, Libertad
Caminando por el frío e interminable pasillo de la sala de parto, la madre lleva en el rostro la dualidad de la existencia, el rictus del dolor físico y el brillo indivisible de una convicción. Un dolor profundo, acumulado tras décadas de angustia y agravado por la ruina reciente, pero una esperanza viva nacida de la certeza absoluta de que el país se encuentra en labores de parto. Afuera, conteniendo el aliento entre el cansancio y la fe, aguardan los millones de hijos de esta madre de vientre fértil y multíparo. Aguardan impacientes el clamor de un nacimiento real que lleve por nombre Libertad.
El agua de la fuente se rompe como un manantial que promete hacerse río, anunciando que los tiempos han cambiado, que las viejas estructuras se tambalean y que el cambio resulta inminente.
Al acostarla sobre la mesa, entre el esfuerzo supremo y la mente que convulsiona, cada pujo es un impulso de resistencia. Pujar para dar a luz una ilusión que es nueva, pero tejida con sueños viejos, anhelos sofocados durante años por abusos dictatoriales y por una cúpula de poder que intenta aferrarse a los restos de una relación tóxica con el pueblo. Un modelo agotado que resiste a marcharse, ignorando que su tiempo histórico ya expiró y que las cadenas del maltrato no sostendrán para siempre a una nación.
Entre el esfuerzo final se acallan las dudas y surge el bendito y primer llanto, la primera bocanada de aire limpio que comenzará a sanar las heridas, el luto y la tristeza. Sólo resta esperar el alta médica para que caminen juntas por las calles la madre, Venezuela, y su hija amada, Libertad. Un milagro redentor, un regalo divino que pronto florecerá sobre esta sagrada Tierra de Gracia.
Haga Él justicia a los afligidos del pueblo, salve a los hijos de los pobres y aplaste al opresor. Salmo setenta y dos, cuatro.
Dios te bendiga. Tu hermano y amigo.
José “Cheo” Lobatón
Pastor y Maestro


